Viernes, 4 de noviembre de 2016

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La formación universitaria de docentes: un camino imprescindible

Que Uruguay discute mal sobre educación no es una novedad. Y que las actuales autoridades de la educación tienen poca idea de cómo encarar un proceso de cambios que nos saque del lastimoso lugar en el que nos encontramos, tampoco. El panorama quedó claro luego de las soporíferas exposiciones auto-justificativas que hicieron dichas autoridades, en la reciente interpelación realizada por la diputada Graciela Bianchi. Poco se puede esperar en los próximos años.

Es probable que, por ese torrente de palabras llenas de aire y escasas en realizaciones, haya quedado escondida tal vez la única propuesta concreta realizada por la Ministra de Educación, en el sentido que, finalmente, el gobierno va a presentar un proyecto para crear una Universidad de la Educación. Otra causa puede ser que no se le creyera, porque unos pocos meses antes la Ministra había dicho que habían desechado crearla. Mientras la Ministra y sus colaboradores cavilan sobre si presentan o no un proyecto, sería bueno que se diera un debate que combine adecuados aportes técnicos con la mirada de los protagonistas, sobre este crucial tema de la educación nacional. Aquí van unos aportes a ese imprescindible debate.

Uruguay es una excepción en el mundo al no formar a sus docentes en las universidades. Siguiendo la tradición francesa, se encarga a los responsables de la prestación de los servicios (sea educativos o de otro tipo), la formación de las personas que luego ingresarían a los mismos. Esta realidad permea al Estado uruguayo en muchos ámbitos, como por ejemplo la formación policial y militar, en artes dramáticas, control de tránsito aéreo, e incluso meteorología.  La justificación detrás de esa idea es la especialización, si una entidad del Estado es la que presta ese servicio, en especial si es de forma monopólica, los que “más saben” sobre eso son las personas que desempeñan dicha tarea.

La mayoría de los países nunca aplicaron y muchos otros la dejaron de usar por ser una muy mala idea. En particular, porque generaban una repetición de prácticas con poca capacidad de innovación, y porque los ámbitos en que se desarrollaban carecían del ambiente de construcción de conocimiento y debate de ideas que caracteriza a las universidades. La evolución histórica de este tema en Uruguay, nos remonta a un viejo debate de dos destacados intelectuales, Antonio Grompone y Carlos Vaz Ferreira que produjo un resultado infeliz para el país: que la Universidad de la República no tuviera carreras universitarias para la formación de los docentes (como en todo el mundo existen) y que los institutos estatales que forman a los docentes de educación inicial, primaria, media y técnica, no sean de naturaleza universitaria y dependen del ente público que provee dichos servicios educativos.

¿Qué pasaría en el país si se abandonara la vieja “división de tareas” y tanto la Universidad de la República como la Universidad Tecnológica, segunda universidad pública del país, ofrecieran carreras universitarias en formación docente especializada? Un primer impacto favorable que se suele destacar es la cuestión del prestigio que significa obtener un título universitario, aunque probablemente sea más importante, superar la limitante que en algunos casos se da para proseguir estudios de posgrado, hoy cada vez más condición para el avance tanto en las carreras profesionales como académicas. De todos modos, lo más relevante para los estudiantes sería ser parte de una experiencia universitaria, esto quiere decir, participar de espacios donde se producen conocimientos, en diversas disciplinas, de fuerte interacción entre académicos y estudiantes, que muchas veces se integran a equipos de investigación o de práctica, donde se aplican conocimientos, y se producen aprendizajes que superan largamente el encuentro en el aula.

Algunas instituciones universitarias privadas ofrecen algunas carreras de formación docente pero no han sido del todo exitosas en el esfuerzo, especialmente porque sus graduados no tienen certeza plena de cómo van a ser considerados luego por el ente que va a contratarlos como profesionales.

¿Y los institutos de formación docente actuales? A los mismos se les debe reconocer su histórico y sustancial aporte a la educación del país. De todos modos, debe pensarse para ellos en proyectos institucionales de mediano plazo que los acerque a lo que son las universidades en el mundo, en infraestructura (por ejemplo las bibliotecas son claves), pero fundamentalmente en la organización de sus equipos docentes, con departamentos académicos y un número relevante de integrantes con formación de Doctorado o Maestría, así como con una dedicación horaria suficiente, que les permita disponer de horas fuera del aula para apoyo y tutoría de los estudiantes. lo que debe ser acompañado de condiciones de trabajo adecuadas. Y ni que hablar con tiempo y apoyos para tareas de investigación.

En este sentido, la experiencia que intentó el partido de gobierno en la legislatura pasada pretendiendo transformar automáticamente el ámbito de la formación docente en una universidad, fue equivocada y frustrante. Sería bueno primero pensar en qué entendemos en Uruguay como una universidad y ver cómo se apoya a los distintos ámbitos de la formación docente a lograr cumplir con esos objetivos y luego efectivamente dar los pasos para que adquiera el rango universitario.

Para emprender una mejora sustancial de su sistema educativo el país precisa de forma imprescindible lograr ambos objetivos. Esto es, asegurar  que exista una oferta amplia de formación universitaria para los jóvenes que quieran ser docentes profesionales, en todas las instituciones universitarias del país, lo que sin duda redundará en la existencia de perfiles metodológicos diferentes que se adapten mejor a las distintas demandas existentes hoy en todo el territorio nacional. Y por otra parte, que exista un plan serio de trabajo a mediano plazo, para que el complejo entramado de la actual formación en educación inicial, primaria, profesores de educación media y maestros técnicos, se transforme en una institución universitaria en términos de su proyecto institucional, su programa académico, su estructura organizacional y docente y su infraestructura de apoyo.

El país se debe un debate serio sobre este tema. Por suerte están apareciendo iniciativas como la de la fundación EDUY 21 que las van a promover y dar fundamento sólido a las mismas. Las propias instituciones universitarias y de formación docente deberían hacer sus aportes a esta discusión. Y las autoridades ministeriales escuchar estos aportes. Hay mucho en juego.

 

Pablo Landoni

Autor: Pablo Landoni

Decano del Instituto Universitario Asociación Cristiana de Jóvenes Investigador en el campo de la Educación Superior