Lunes, 28 de diciembre de 2015

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La insoportable levedad del Fondo Capital

El conocido escritor checo Milan Kundera  escribió en 1984 una de sus obras más conocidas: “La insoportable levedad del ser”. En la misma, en un complejo clima de falta de libertad, se narra una trama sentimental que fluctúa entre el compromiso de asumir responsabilidades o simplemente la ligereza y superficialidad de existir.

El nombre de dicha obra vino a mi mente cuando procuré evaluar el intrincado proceso que se llevó a cabo procurando por parte de las autoridades de la Intendencia de Montevideo de aprobar el denominado “Fondo Capital”.

Más allá de consideraciones políticas, más allá de comprender la complejidad actual de la conformación de las fuerzas que actúan en los órganos departamentales, más allá del conocimiento de las dificultades presupuestales crónicas de la Intendencia, si tengo que definir en una palabra el sentimiento que este proceso me despertó, éste es el de angustia. Angustia por la incapacidad que tenemos de encarar los desafíos que los tiempos nos imponen.

Desde que el maestro Washington Tabárez inmortalizó su conocida sentencia, “el camino es la recompensa”, todos fuimos conscientes de que los logros se miden por el resultado final, pero también por el proceso que lleva a alcanzar el mismo.

Pues bien, el proceso que se llevó a cabo en procura de alcanzar la mencionada aprobación fue triste, avaro y decepcionante. No sólo el proceso. También los objetivos buscados.

El primer gran tema que aparece, es la forma en que se comunica la eventual utilización del instrumento del fideicomiso.

De acuerdo al artículo 1 de la ley 17703, “el fideicomiso es el negocio jurídico por medio del cual se constituye la propiedad fiduciaria de un conjunto de derechos de propiedad u otros derechos reales o personales que son trasmitidos por el fideicomitente al fiduciario para que los administre o ejerza de conformidad con las instrucciones contenidas en el fideicomiso, en beneficio de una persona (beneficiario), que es designado en el mismo, y la restituya al cumplimiento del plazo o condición al fideicomitente o la transmita al beneficiario”.

Como esta columna no tiene por objetivo un análisis jurídico del instrumento en cuestión, seamos claros y concisos. El fideicomiso no es otra cosa que un negocio jurídico que genera garantías a los acreedores sobre el futuro de sus cobros.

Esta realidad está muy lejos de esa liviana transmisión comunicacional que pareciera que como por arte de birlibirloque, la existencia del fideicomiso en cuestión genera fondos que de otra forma no se podrían disponer. La concreción del fideicomiso es una forma de endeudarse.

En mi criterio, el problema no es si nos seguimos endeudando. Los grandes temas a tratar son para qué nos endeudamos, si podemos hacerlo (y pagarlo), en el marco de qué presupuesto lo hacemos y por encima de todo, como hacemos que la deuda a contraer esté acompasada a las necesidades que Montevideo nos impone de cara a los tiempos futuros y en el entendido de que llevamos décadas de desidia en planificación.

Hechas estas consideraciones previas, ¿qué es lo que propusieron las autoridades departamentales?

Munidos de atractivos archivos que se podían descargar desde cualquier computadora, la Intendencia de Montevideo nos expuso el plan de obras a financiar por el Fondo Capital. Se nos prometían alrededor de veinte obras. Algunas de ellas, de importantes efectos (diría que las menos) y otras muchas cuyos efectos tendrían una incidencia muy menor en la vida de los montevideanos.

Es en este punto donde debemos focalizar nuestras apreciaciones. Es aquí donde la angustia se impone. Estamos cumpliendo veinticinco años de gestión frenteamplista, con una Intendencia que prácticamente no genera recursos para el mínimo mantenimiento de la infraestructura necesaria, una presión tributaria al límite y un departamento colapsado en más de un sentido. En estas circunstancias, se nos propone un plan de obras casi intrascendente, sin posibilidad de soñar en solucionar los problemas que ya son crónicos. Parece como que el mensaje de las autoridades es “tengo que hacer por lo menos unas obritas”.

¿Cuánto tiempo más podremos mantener Montevideo casi milagrosamente sin caer en niveles de caos de planificación urbanística, gestión de limpieza y de tránsito del nivel de tugurizadas ciudades del tercer mundo?

En los últimos veinticinco años, la única obra digna de previsión en planificación encarada fue la del saneamiento que llevó a cabo la administración del Arq. Mariano Arana.

Vale la pena que sigamos analizando el proceso de las últimas semanas.

Las autoridades departamentales, sin exponer el intrincado Presupuesto de la Intendencia, sin ubicar claramente ni sus planes, ni sus proyectos, ni sus “sueños”, desembarcaron en inusual época del año en la Junta Departamental procurando la aprobación del Fondo Capital.

Parece razonable suponer que se sentían confiados en obtener los votos necesarios para la referida aprobación.

Es en este punto en que el “camino” se ve salpicado de insinuaciones de canje de cargos por votos, ataques cruzados, contradicciones varias.

¿Alguien se preocupó en definir si la propuesta convergía con las verdaderas e imperiosas necesidades de Montevideo?

Aparentemente no. Para quienes aparecían aportando los votos, parece que era suficiente la calidad visual de la propuesta y la mención a las veinte obras que cambiarían Montevideo. ¿Cambiarían?

A partir de allí comienzan las acusaciones. De una bancada a otra. De los integrantes de una bancada a otros integrantes de la misma. De un partido a otro.

El día en que se debía aprobar la propuesta, los votos no estuvieron.

Más presiones, más acusaciones. Directores de la IMM en los pasillos de la Junta, algunas escenas de violencia (por lo menos de palabra).

Cuando todos estaban más preocupados por el inicio del tradicional receso estival, un sorpresivo acuerdo entre el Intendente de Montevideo y el candidato más votado de la oposición reinstalaron el tema.

Las veinte obras se redujeron a cinco. Seguramente de la lista original, son las cinco más necesarias e importantes, aunque estén a años luz de las verdaderas necesidades futuras.

La negociación a espalda de las bancadas y de los ediles tuvo éxito para los dos interlocutores. Los rumores sobre la participación de terceras figuras abundan. La influencia de los amigos del poder parece que está instalada en el quehacer político. Los “amigos” presionan, negocian, deciden.

¿Y Montevideo? Bien, gracias.

Decía Winston Churchil: “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.

En Montevideo tuvimos estadistas. Germán Barbato, Juan Pedro Fabini, Daniel Fernández Crespo, Aquiles Lanza son algunos ejemplos.

A comienzos del siglo XX se construyó la Rambla Sur en apenas siete años, cambiando drásticamente la planificación de la ciudad y posicionándola en los tiempos en que se vivía. En las actuales circunstancias, nadie en su sano juicio podría aspirar a encarar una obra de tal envergadura.

¿Qué decimos obras de tal envergadura? Escuché en una entrevista radial explicar al Ing. Martínez sus dificultades para gestionar la flota de una veintena de camiones recolectores de residuos. ¡Una flota de una veintena de camiones y no se puede gestionar adecuadamente! ¿Esto está pasando o es una cruel caricatura?

Después de todo el proceso generado para la aprobación del Fondo Capital, los analistas conjeturan sobre quién se vio fortalecido políticamente. Los argumentos van y vienen.

Lo que es cierto es que no necesito capacitación técnica para estar convencido sobre quién se vio debilitado una vez más: el futuro de los montevideanos.

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).