Martes, 10 de enero de 2017

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La libertad está de duelo

El fallecimiento del Dr. Ramón Díaz es motivo de duelo para la Libertad y para la República, a quienes su espíritu generoso dedicó devoción y esfuerzos sin tasa ni medida.

Ramón Díaz era un amigo muy querido, con el cual tuvimos desde el primer momento  un entendimiento natural y fluido;  especialmente porque Ramón Díaz, además de brillante abogado, docente y un distinguido economista reconocido a nivel mundial, fue un extraordinario periodista, que con el vigor implacable de su pluma, modificó radicalmente el paisaje cultural del país.

Ramón Díaz era un Liberal de la Escuela Austríaca, y en medio del Uruguay estatista, socialista intervencionista, de los monopolios públicos, resolvió dar la batalla de la opinión, para la cual se preparó largamente, especialmente porque era una lucha que habría de comenzar en la mayor soledad.

Con sus artículos atrapantes, de posa elegante, con exposiciones de lógica perfecta, solidez académica que llegaba a citar con párrafo y página los autores preferidos de sus contradictores, (demostrando que citaban mal, y que él sí los había leído), condimentados con un fino humor que sumaba la sonrisa al disfrute de sus reflexiones, fue demoliendo uno por uno los mitos de la ideología dominante del Uruguay.

Defendía la Libertad, de prensa, (la primera libertad), de comercio y de mercado, promovía la solidez de la moneda, los presupuestos equilibrados, la transparencia del proceso presupuestal, combatía el dirigismo pro-marxista de los planes quinquenales que sumieron medio mundo en la miseria, y la burocratización estéril del país que sueña con el “empleo público”.

Ramón Díaz polemizó en los años del gobierno  militar con todos quienes quisieron hacerlo, (y naturalmente terminó preso), y muy especialmente con los economistas, con derrotas abrumadoras para los desafiantes; al extremo que puedo afirmar  que uno de los grandes aporte que hizo Ramón Díaz a la República de la restauración democrática, fue el obligar a debatir los temas de la economía con seriedad y solidez académica.

Nuestra amistad comenzó a raíz de una de esas polémicas, iniciada con una nota en la página dos de “Búsqueda” titulada “Un libro de Danilo Astori”, en que no solo demolía un ensayo panfletario, (en donde el entonces joven político mostraba su inusual talento para expresar en forma elocuente ideas confusas), sino que tenías resonancias de las polémicas de su gran inspirador Lord Acton.

Fue un triunfo tan nítido, tan indiscutible, (la polémica era desde las páginas de “Búsqueda” y “Correo de los Viernes”) que me permití remitirle una carta de felicitación con el comentario sobre los acordes “Actonianos” que había notado, y en idas y vueltas de correo quedamos de encontrarnos a almorzar y conversar de periodismo y economía.

Fue un almuerzo extraordinario que recuerdo vivamente, no solo porque se extendió hasta las 5 de la tarde, sino porque a partir del ese día tuve el privilegio y el placer de su amistad generosa,  que incluye también en sus tres décadas largas a nuestras respectivas esposas, porque no todo fue política, periodismo, filosofía  y economía en esta larga relación.

El Cdr. Astori insistió varias veces en las polémicas con Ramón, inclusive en una oportunidad en un debate a la antigua usanza (en el teatro “Larrañaga”), que terminó con una frase memorable de Ramón: “Usted insiste en demostrar que algunos perros caminan en dos patas, y eso es sin duda posible, pero lo real es que ni bien se descuide el domador, esos perros vuelverán a  caminar en cuatro patas…”; luego de una década larga de conducción astorista de la economía, en Uruguay el asunto de las habilidades de los “perros equilibristas”, ha quedado zanjado..

Pero volviendo a la trayectoria pública de Ramón Díaz hay algunas cosas que no pueden quedar sin decir y recordar; empezando por haber sido el creador de la primer experiencia exitosa de derrota de la inflación, en la segunda mitad de la década de 1960, con la “Congelación de Precios y Salarios”, (previo equilibrar el presupuesto y suprimir el déficit fiscal), triunfo técnico político opacado por la tentación emisionista del año electoral.

Fue también quien tuvo la ardua tarea de timonear el Banco Central, luego del quinquenio del “Cambio en Paz”, (políticamente impecable, económicamente costosísimo), cuando las reservas eran inexistentes y el crédito externo estaba agotado. No es una exageración decir que el sujeto de crédito en ese primer año de tremendas angustias era el presidente del BCU, cuyo prestigio internacional, (y los “swaps” con respaldo de oro), permitieron salvar el trance y recuperar la solvencia.

La tarea de Ramón Díaz en el BCU, (donde ganaba un sueldo inferior al del Portero),  fue formidable, no solo en la coyuntura, sino en la organización jerarquización y profesionalización de los equipos técnicos de la institución, donde hay un “antes” y un “después” de Ramón Díaz, sentando las bases de una nueva y más larga batalla contra la inflación, que al final del período llegó a la meta de “un dígito”.

Sobre su probidad, nada hay para agregar, basta señalar que en medio de la “embestida baguala”, donde el honor y el buen nombre de la gente que había integrado el gobierno del Dr. Lacalle Herrera era objeto de los más desaprensivos vejámenes, su nombre nunca fue mencionado ni por los más desorbitados de los sicofantes.

En la decisión de asumir esa responsabilidad en el BCU, Ramón hizo un sacrificio que no ha sido suficientemente valorado; y no me refiero al aspecto económico del asunto, sino a que debió renunciar a la Dirección de “BÚSQUEDA”, su publicación, su bastión, trinchera y atalaya, desde donde, como el héroe pindárico, “Iluminado por el brillo de la espada en el combate”, mantenía a raya a los enemigos de la Libertad.

Así quiero recordarlo hoy, cuando la suerte de la Libertad aparece tan comprometida y el horizonte tan cubierto de obscuros nubarrones, pensando que esa imagen sirva de inspiración a quienes siendo sus amigos, sentimos  el desafío de, con nuestros discretos recursos, sostener sus ideas.

Juan Modesto Llantada

Autor: Juan Modesto Llantada