Viernes, 31 de agosto de 2018

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La mosca es un incesto

“Es probable que nunca en la historia se hayan escrito tantos tratados, ensayos, teorías y análisis sobre la cultura como en nuestro tiempo. El hecho es tanto más sorprendente cuanto que la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer. Y acaso haya desaparecido ya, discretamente vaciada de su contenido y éste reemplazado por otro, que desnaturaliza el que tuvo.”[2]

Algún acontecimiento de reciente y pública notoriedad trajo a mi memoria aquel inolvidable y por demás disfrutable libro del Maestro José María Firpo, cuyo título tomé prestado para nominar esta columna. En el mismo, el autor realiza una recopilación de frases y pensamientos de niños que, a su manera, expresan lo que van asimilando en su experiencia escolar. La selección está efectuada con finalidad humorística, persiguiendo provocar en el lector un momento de hilaridad no exenta de reflexión. Y lo logra. Doblemente si pensamos que lo que allí se lee es producido por niños a quiénes aún les resta un largo período de formación.

disfrute de leer pensamientos y frases disparatadas, con palabras mal escritas, porque fueron mal entendidas, es divertido cuando de niños se trata. No es la misma sensación la que se siente cuando los dichos, pensamientos y vocabulario inadecuado provienen de un adulto. Menos aún, cuando el adulto ostenta títulos y ocupa cargos vinculados a la cultura.

Una reciente entrevista realizada a la Directora del Departamento de Cultura de la Intendencia Municipal de Paysandú dejó en evidencia el desconocimiento que la referida jerarca posee de las fechas patrias y los acontecimientos históricos que corresponde conmemorar en cada una de ellas. Asimismo, no tuvo ningún recato en la utilización de lenguaje absolutamente inadecuado para referirse a las autoridades del gobierno argentino. Y no es nuestro propósito respaldar o censurar al mismo, pero consideramos que las opiniones que cada uno tenga, y más cuando se ocupa un cargo público, deben ser expresadas de forma respetuosa y con un lenguaje adecuado.

Lo ocurrido fue lamentable y grave. Lo sucedido apenas unos días después, lo fue más. Tanto el Intendente Departamental como la Ministro de Educación y Cultura dieron su apoyo a la jerarca, minimizando, en sendas declaraciones, la relevancia del acontecimiento. Reiterando la confianza que tienen depositada en la funcionaria y haciendo referencia a las varias titulaciones que ésta posee, eludieron el fondo del asunto. Hubiera sido más oportuno no hacer declaraciones. Pues, a partir de las mismas, quienes quedaron expuestos y mal parados frente a la opinión pública no fue una, sino tres autoridades.

Este bochornoso episodio no puede analizarse aisladamente. Si lo ubicamos en la realidad que estamos viviendo, se torna entendible; podemos definirlo como un suceso causal y no casual. Del mismo modo, no hay que observarlo como un acontecimiento aislado. Muy por el contrario, es tan solo un caso de los muchos –más de los que creemos- que se dan en nuestra sociedad.

“La noción de cultura se extendió tanto que, aunque nadie se atrevería a decirlo de manera explícita, se ha esfumado. Se volvió un fantasma inaprensible, multitudinario y traslaticio. Porque ya nadie es culto si todos creen serlo o si el contenido de lo que llamamos cultura ha sido depravado de tal modo que todos puedan justificadamente creer que lo son.”[3] Este proceso al que se refiere Mario Vargas Llosa, se da en mayor o menor grado en las diferentes sociedades, y no me atrevo a afirmar que alguna escape al mismo. No obstante, en muchas realidades, la incidencia de los supremos valores del individuo, así como el peso de las tradiciones, les permite identificarse como verdaderamente cultas. Lamentablemente, no es nuestro caso.

La sociedad uruguaya viene transitando por un proceso de “desculturización” (si es procedente el término) o, como afirma Vargas Llosa, de “banalización” de la cultura. Proceso que se viene dando claramente en los últimos trece años, coincidiendo con los tres períodos del actual gobierno. El punto máximo se logró en el segundo período de gobierno frenteamplista. En estos trece años se llevó a la educación a su máximo nivel de deterioro. El saber fue desplazado por el todo vale y la formación académica, lejos de ser valorada ha llegado a ser objeto de menosprecio.

Este gobierno hace tiempo viene perdiendo el norte en muchos campos y en educación, puntualmente, lo ha perdido definitivamente.

En la formación primaria y media se enseña historia. En la misma se estudian los hechos relevantes que van marcando a la sociedad y, tratándose de historia nacional, se estilaba, en vísperas de alguna fecha patria, hacer referencia y análisis del acontecimiento que habría de conmemorarse en la misma, procurando el entendimiento y la valoración del evento como hito en el devenir histórico. Hoy funciona distinto, obviamente.

Este gobierno ha dispuesto que la única fecha patria que se conmemora obligatoriamente, en el ámbito educativo, es el Natalicio de José Artigas, el 19 de Junio, celebración que se mantiene en la misma fecha, dado que es uno de los cinco feriados inamovibles. El resto, si se conmemoran en los centros educativos, se hace fuera de fecha, no el día correspondiente. A ello agreguemos que muchas de las fecha patrias sufren el corrimiento en el calendario, por el traslado del feriado a día lunes más próximo. Esto contribuye, sin duda, a que se pierda la referencia cronológica, produciéndose una disociación entre la fecha y el hecho, lo que contribuye a que se también se pierda la identificación del mismo.

Todo esto conduce a una consecuencia nefasta: la pérdida de la identidad nacional. Nos enfrentamos a generaciones enteras absolutamente desconocedoras de su propia historia. Niños y jóvenes que se alegran ante un feriado porque significa tener el día libre, pero desconocen totalmente por qué ese día está declarado feriado. Los acontecimientos históricos relevantes pasan desapercibidos, los grandes hombres de nuestra historia también. Reconocen sus nombres pero desconocen sus acciones y la incidencia de los mismos en nuestro devenir como nación. Lejos de reaccionar y hacer algo por corregir esta realidad, se sigue abonando la ignorancia de nuestra historia. O, peor aún, se tergiversa la misma enalteciendo a quien no lo merece, producto de una inconsistente mentalidad refundacional del actual partido de gobierno.

El sistema educativo es actor principal en la construcción de ciudadanía. Tal como está siendo implementada nuestra educación por el partido de gobierno, lejos de lograrlo, está obteniendo el sentido contrario. Un ciudadano es quien ha logrado construir y madurar su conciencia cívica; es quien se identifica con su patria y para ello, debe conocer su historia y reconocer los valores que sus grandes protagonistas le legaron. Me duele reconocer que esto está lejos de nuestro presente educativo. Nuestro Presidente afirmó al asumir su actual mandato que iba a cambiar el ADN de la educación. ¿Se estaría refiriendo a este despropósito? Si es así, lo logró.

Ante esta incuestionable y penosa realidad, de la cual son parte tantos uruguayos, incluidas varias autoridades, no puede sorprendernos las demostraciones de supina ignorancia que se producen.

Cuando en julio de 2015 escribí mi primera columna, donde formulé críticas apreciaciones sobre nuestro sistema educativo, abrigué la esperanza de quedarme sin material para próximas entregas. Hoy me declaro ingenuo. Pasó el tiempo y llevo, con la presente, treinta y una columnas escritas y los argumentos para seguir formulando críticas sobre la educación nacional se renuevan constantemente.

Crea, estimado lector, que hubiese deseado cerrar mi ciclo de entregas para el Telescopio con optimismo y esperanza, vislumbrando un resurgir de la educación uruguaya hacia el nivel de excelencia y reconocimiento que supo caracterizarla. Quiero trabajar para ello desde donde pueda hacerlo. Lo quiero hacer porque soy producto de esa educación y me duele lo que hoy veo. Este medio es una óptima herramienta para el accionar de todos los que de un modo u otro apostamos al cambio y estamos dispuestos a brindar nuestro esfuerzo para lograrlo. Deseo, francamente, que esta experiencia no se agote aquí y podamos continuarla.

 

 


 

[1] FIRPO, J.M. (2001): La mosca es un incesto, título, Arca Editorial.
[2] VARGAS LLOSA, M. (2012): La civilización del espectáculo, P. 13, Alfaguara.
[3] Ídem, P. 66.

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.