Jueves, 15 de febrero de 2018

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La mujer del César no sólo debe ser honrada, sino parecerlo

Se le adjudica a Albert Einstein, la frase que expresa: “Procure no ser un hombre con éxito, sino un hombre con valores”.

Sesenta y tres años después de la muerte del ilustre sabio y situado en este Uruguay, me animaría a decir que aquel hombre que se convierta en paladín de la defensa de los valores, tendrá más probabilidad de convertirse en un hombre de éxito, si como tal definimos a quien sea reconocido como tal por una sociedad que poco a poco empieza a volverse cada vez más intransigente en no tolerar los abusos, la corrupción y la desidia.

Tal vez por los efectos del mayor relacionamiento que el uso de las redes sociales ha generado, lo cierto es que el colectivo, el pueblo, la gente en general empieza a dar señales claras de hastío ante conductas que empiezan a repetirse entre los distintos actores del quehacer político y social y que han comenzado a generar reacciones reiteradas.

Se ha venido sosteniendo que la vara de la ética ha quedado alta.

Es bueno que así sea.

Es bueno para una sociedad que siente que los valores que alguna vez fueron sus distintivos se han ido deshilachando.

Según cuenta la historia, Julio César decidió divorciarse de  Pompeya Sila  al enterarse que ésta había participado de una Saturnalia, orgía sexual en que participaban en algunas oportunidades las damas romanas. Cuando las patricias matronas pretendieron hacerle cambiar de parecer aduciendo que Pompeya sólo había participado como espectadora del evento, aquel expresó: “La mujer del César no sólo debe ser honrada, sino además parecerlo”.

Esta conocida historia ha recobrado su vigencia en los tiempos actuales. Al parecer no todos los protagonistas tienen en la debida consideración el sabio consejo del emperador romano. Pero sobre aquellos que no lo terminen entendiendo se les irá abatiendo sobre sus cabezas, cada vez más, el escarnio y el repudio popular.

Los sucesos que se han venido precipitando vinculados a la contratación de familiares por parte de jerarcas de la administración pública determinaron que el Senador Pedro Bordaberry presentara un proyecto de ley en que prohíbe todo tipo de contratación de tal índole.

Más allá de la correspondiente discusión que un proyecto de este tipo amerite tener, algunas reacciones son interesantes de analizar.

La primera, confirmatoria del clima reinante, es la aceptación generalizada de aquellas personas ajenas al mundillo político y que se mantienen independientes de las posturas que sus partidos puedan ostentar.

Otra reacción notoria, es el silencio de muchos de los actores de primera línea. Silencio atronador. ¿Preocupados por implicancias propias, de allegados, de correligionarios? Tal vez preocupados por no otorgar un triunfo político a un adversario. Síntomas de una época que se va.

También estuvieron las reacciones iracundas. Tal vez la más destacada la del Senador Juan Castillo. Sintonizando con las habituales argumentaciones vinculadas al concepto de la “herencia maldita” y al “ellos siempre lo hicieron” y acostumbrado a reescribir la historia ante la pasividad general, lo primero que le vino a la mente fue expresar: “Una lástima que no se acordó cuando ellos eran gobierno de hacer lo mismo”.

Es bueno recordar, ya que Castillo no lo tiene presente que en el gobierno a quien acusa de no haber actuado en la materia se promulgaron decretos que transitaban por la regulación en la materia.

También es bueno recordar, que con el advenimiento de los gobiernos frenteamplistas se cortó la prohibición del ingreso de funcionarios públicos a la Administración que había generado un descenso constante de los mismos en la década en que se completaron los dos gobiernos seguidos del Partido Colorado. Por el contrario, en los trece años de gobierno frenteamplista se incrementó la plantilla en 70.000 funcionarios. Si por añadidura, consideramos que la deserción promedio anual está en el entorno de un 5%, advertiremos que la mitad de la plantilla ha ingresado en épocas “progresistas”. No parece haberse generado tal cantidad de concursos para ingresar a la Administración Pública.

Seguramente Castillo buscaría aplicar la dialéctica apropiada para explicar esta problemática y justificar el déficit fiscal crónico que a ella está ligada. La gente cada vez se vuelve más rigurosa en buscar explicaciones creíbles.

Los tiempos electorales se avecinan. Las demandas comienzan a amontonarse. A las del sector productivo, se suman las de la sociedad en general que clama por actitudes éticas que den el marco adecuado a las soluciones que se vuelven imperiosas.

Aunque suene paradójico, los tiempos modernos serán cada vez más exigentes en procurar la vigencia del milenario dicho de Julio César.

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).