Jueves, 5 de octubre de 2017

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La necesidad del libro

“Ante la disyuntiva, hay una sola opción: el libro sigue siendo el soporte para la lectura o se inventará algo que se parecerá a lo que el libro nunca ha dejado de ser, incluso antes de la invención de la imprenta. Las variaciones en torno al objeto libro no han modificado su función, ni su sintaxis, desde hace más de quinientos años. El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se ha inventado, no se puede hacer nada mejor.” (Eco, U. 2010)[1]

 

Se está realizando en nuestro país la Cuadragésima Feria Internacional del Libro. Mejor oportunidad para hablar sobre ese insustituible compañero de ruta no creo que exista.  Máxime cuando estamos inmersos en una realidad en la cual el libro es cuestionado una y otra vez. O peor aún, directamente ignorado. Realidad en la cual las generaciones jóvenes, en no bajo porcentaje de sus integrantes, han ido perdiendo el contacto con el libro por múltiples causas, entre las cuales no se puede ignorar la existencia de “malas costumbres” académicas de las que el docente también es parte.

Puedo congratularme de pertenecer a una generación cuyos integrantes nos formamos en los libros y para quienes la lectura era un hecho cotidiano.  El tránsito por el sistema educativo nos enseñó a conocer el libro, tocarlo, reconocer el olor especial del papel impreso y el ruido provocado por las hojas al pasarlas. Y cuando de hacer una lectura en la biblioteca se trataba, tuvimos que aprender a sintetizar lo leído para recoger, en la menor cantidad de líneas posible, la esencia de lo escrito por el autor. Método insuperable para desarrollar la comprensión lectora. No reniego del progreso tecnológico y las innovaciones que conlleva, no obstante lo cual, agradezco que en ese entonces no se hubiera inventado la fotocopiadora.

Diferente es la realidad que hoy vivimos. Desempeño la docencia en grupos de adolescentes (quienes cursan su bachillerato) y adultos (cursos de formación docente y universitarios) y en ambos se evidencia que el libro, no necesariamente está presente en la cotidianeidad de las generaciones que hoy se están formando. Obviamente que el contacto con el libro no es automático; es un proceso que debe ser acompañado y motivado por los agentes socializantes. Es parte del proceso de socialización. La familia y la escuela son los primeros responsables de dicho accionar. Si logramos un cimiento fuerte donde la lectura directa del texto sea un hecho cotidiano, la transformaremos en un hábito tan saludable como necesario.

La realidad cultural a la que actualmente nos enfrentamos está signada por los medios de comunicación. Ello evidencia un cambio en las fuentes de información, donde las imágenes parecen imponerse sobre lo que se ha denominado la linealidad alfabética. “Una bomba de información está estallando entre nosotros, lanzándonos una metralla de imágenes y cambiando drásticamente la forma en que cada uno de nosotros percibe y actúa sobre nuestro mundo privado.” (Toffler, A. 1980)[2] Las nuevas generaciones están sumergidas en esta vorágine de información que, prima facie, se nos presenta como visión apocalíptica de enfrentamiento: libros vs. medios masivos de comunicación. Preferimos compartir la postura de Umberto Eco, en cuanto sostiene que “…uno de los deportes preferidos de todo periodista que carezca de fantasía desde hace algunos años consiste en preguntarle a cualquiera que escriba cómo ve la desaparición del soporte de papel. Y no es suficiente sostener que el libro todavía reviste una importancia fundamental para el transporte y la conservación de la información, que tenemos la prueba científica de que han sobrevivido de maravilla libros impresos hace quinientos años, mientras no tenemos pruebas científicas para sostener que los soportes magnéticos actualmente en uso puedan sobrevivir más de diez años (ni podemos, dado que los ordenadores de hoy ya no leen los floppy disks de loa años ochenta). (Eco, U., 2016)[3]

Entiendo oportuno preguntarnos qué estamos haciendo para salvaguardar al libro como instrumento esencial para el aprendizaje, si es que algo estamos haciendo. La prisa del diario vivir y la falta de tiempo para la reflexión nos impiden darnos cuenta de cuan responsables somos, en algunas ocasiones, de actos que se vuelven en contra de nuestra propia existencia colectiva. El cotidiano lamento que se oye en pasillos, salas de profesores y reuniones de coordinación y que hace referencia a la disminución y en algunos casos ausencia del uso de libro por parte de los estudiantes, coloca sobre la mesa la consideración de una realidad que a ningún docente le es ajena. Reparemos un instante y seamos capaces de asumir la responsabilidad que nos pueda corresponder al respecto.

Si nuestros alumnos acusan falta de práctica de lectura directa de libros, es nuestra obligación como docentes conducirlos por ese camino. Exigir el manejo de los textos en su formato papel y en su versión completa. Cosa que no sucede debido a la flexibilidad existente hoy en los docentes.  El alumno se ha acostumbrado a leer textos parciales a través de fotocopias: ¿bendito o maldito invento? Argumentación a favor: sólo una, el facilitar la reproducción de documentos, tarea no menor si se requiere un importante número de ejemplares. En cambio, las argumentaciones en contra son varias. El manejo de material fotocopiado conlleva un conocimiento parcial del texto, pues solo se accede a las páginas seleccionadas, manteniendo la ignorancia sobre el resto de la obra. El contenido total de la misma es necesario para poder comprender lo que el autor quiso transmitir. Por otra parte, es relevante saber quién hace la selección parcializada del texto a fotocopiar. Lo común es que no sea hecha por el lector, en la generalidad de los casos éste la recibe seleccionada, por lo cual queda limitado en la valoración y entendimiento de lo que lee. Este tipo de abordaje de una obra escrita ha de dificultar, sin duda, la comprensión no sólo de aquella, sino la comprensión lectora en general de quien la lee. Como consecuencia, también será limitada su capacidad de transmisión y reproducción.

Esta práctica rechazada por muchos docentes es, sin embargo, utilizada por tantos otros. Y todos, quienes la practican y quienes no la combaten, están siendo parte del juego, por no decir cómplices del mismo. Es más cómodo trabajar con alumnos que lean poco y fraccionado, pero no es para nada gratificante ni enriquece la tarea del docente. Aquél tiene limitado el pensamiento y su intelectualidad queda reducida a imágenes circunstanciales que le permiten sentirse ingenuamente inteligente, en tanto éstos transitan por el aula sin sobresaltos y sin aspiraciones de superación personal y profesional. Muchos de estos docentes fueron formados así. En formación docente también podemos encontrar realidades como la referida. Que no involucre a todos los formadores de formadores que allí se desempeñan, no le resta importancia. Y ello debido a que, muchos de quienes así se forman, replicarán la conducta en su desempeño profesional.

Es inconcebible la no presencia del libro en la actividad de enseñanza-aprendizaje. Si aspiramos realmente a tener una educación de calidad, entre muchas otras oportunas medidas que va a ser preciso adoptar, una básica, simple y elemental es reincorporar el libro como herramienta. Apuntar al desarrollo de una mentalidad plena, con espíritu crítico y apto para un permanente desarrollo de saberes. Eso lo ha de lograr cualquier individuo si tiene un manejo de las fuentes de información originales, independientemente de lo que haya de aportarle la tecnología y los múltiples recursos que implica. Ese es el fin último dela educación. Formar seres autónomos capaces de escapar por sí mismos de la rutina y la mediocridad. Evitar por todos los medios aquel hombre mediocre de que hablaba José Ingenieros: “En esos hombres, inmunes a la pasión de la verdad, supremo ideal a que sacrifican su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de perfección… El que no cultiva su mente, va derecho a la disgregación de su personalidad… En el verdadero hombre mediocre la cabeza es un simple adorno del cuerpo.” (Ingenieros, J., 1979)[4]

Qué, desde el ejercicio de nuestra profesión docente, seamos capaces de superar la mediocridad que los tiempos actuales parecen querer imponer, debe ser el principal propósito. Tomémoslo como un compromiso ineludible. El uso del libro nos ayudará a lograrlo. No dudemos de ello.

 

 


 

[1] ECO, Umberto y CARRIERE, Jean-Claude: Nadie acabará con los libros, pág. 20, 2010, Ed. Lumen.
[2] TOFFLER, Alvin: La tercera ola, pág. 162, 1980, Plaza & Janes.
[3] ECO, Umberto: De la estupidez a la locura, pág. 391, Lumen.
[4] INGENIEROS, José: El hombre mediocre, pág. 54, Ediciones Siglo Veinte.

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.

  • Juan José Vanni

    CASO VANNI
    LINK capítulo
    La caída de la principal imprenta del país, una historia absurda : Impreso Vanni
    Libro Poder Sindical – Historias de conflictos, ocupaciones y desbordes.

    https://es.calameo.com/read/002002364ccc644c92ba8

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