Lunes, 24 de agosto de 2015

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La propiedad privada, base del desarrollo

En más de una oportunidad, ante circunstancias que le parecen adversas porque directamente interfieren en su voluntad, figuras del gobierno, algunas prominentes por cierto, arremeten contra la propiedad privada, nombrándola en tono peyorativo y sindicándola como un obstáculo al desarrollo y, como corolario, proponen reformar la Constitución para limitarla. Difícilmente se pueda encontrar una afirmación más alejada de la realidad de las cosas. Es justamente la propiedad privada y el apropiarse de los frutos de la misma, una de las claves que impulsan el crecimiento y desarrollo de las personas, economías y naciones.

Como se sabe, en toda sociedad existen límites a la propiedad privada y la nuestra no es la excepción. Hay espacios comunes, autorización a expropiar mediante justa indemnización y bienes comunes.

Realidad

Por fuera de lo ideológico y posturas utópicas o totalitarias, las cosas son muy claras, el crecimiento se logra con capital, y éste no es otra cosa que trabajo acumulado y no consumido. ¿Por qué alguien estaría dispuesto a trabajar y no consumir cuando otro toma “gratis” el fruto de su trabajo? No hay una respuesta lógica, algunos dirán es egoísmo, otros, que esa persona no está preparada para vivir en una sociedad “justa”, aquella que, al decir de Marx, le otorgue a cada uno según sus necesidades y reciba según sus capacidades. Pero esto no funciona, los hechos lo demuestran por demolición, por ende si se quiere el progreso (crecimiento en sentido amplio) hay que admitir varias cosas, entre otras:

  1. Que las personas tengan ambición por superarse
  2. Que no se le puede quitar a quien genera valor una porción muy significativa del mismo, porque deja de trabajar y generarlo
  3. Que sin generación de valor no hay nada para repartir
  4. Que las personas deben poder disfrutar del fruto de su trabajo como mejor le parezca, siempre que respeten los lógicos límites que la vida en sociedad impone
  5. Que el capital que acumulan las personas les pertenece y son ellos quienes deben decidir que hacer con el mismo. Por tanto no es bueno que desaparezca por actos arbitrarios o impuestos expropiatorios

Para todo lo anterior la propiedad privada es fundamental. Respetar las reglas de la no expropiación, sea por ley, la vía impositiva o regulaciones, es parte esencial del desarrollo, la vida democrática y los derechos civiles. Existen otras cosas tan o más fundamentales que lo anterior, o al menos, que van a la esencia del ser humano bajo una concepción liberal,  las libertades individuales, entre la que está su libertad de disposición y uso de sus bienes, el de hacer lo que más le interesa, gusta o se siente mejor preparado y el derecho a la reserva e intimidad. Podría seguir enumerando y el lector seguramente agregará otros a la lista, pero con esto es suficiente para abonar a la idea.

Ciencia

Más allá de todo lo anterior, la ciencia económica demuestra cómo, donde puede haber propiedad privada, en contraposición a la propiedad común, la primera es preferible desde el punto de vista del bienestar de la sociedad, ya que genera mayor valor. Una manera fácil de verlo es recurriendo a la llamada “Tragedia de los Comunes”. El ejemplo, extraído de la observación de lo que acontecía con la producción en tierras de pastoreo comunes que existían en Europa luego de la edad media, es la justificación económica del traspaso de aquellas a manos privadas. Éste no necesariamente implica una enajenación de la tierra, puede perfectamente ser un arrendamiento, la clave está en que hay alguien que decide sobre todo, mirando el bosque completo.

Suponga el lector que existe un campo común de pastoreo, donde las personas pueden llevar a pastar su ganado y  que el valor de la producción se resume en lo que la tabla anexa indica. Así si hay una única vaca el valor de la producción total es de 1.200, si hay 5 es de 5.150 y así sucesivamente. Supongamos también, para simplificar, que el costo de producción, incluyendo el de adquisición del ganado, es fijo e igual a 500.

La tabla nos dice en su tercera columna cual es el valor de mercado de la producción por vaca y, en la cuarta, el valor adicional (marginal) del rendimiento del último animal puesto a pastar en el campo. El cuadro, teniendo valores antojadizos, respeta una ley económica fundamental, la de rendimientos marginales decrecientes la cual, podríamos decir, es obvia. Así, en un campo la cantidad de comida está dada por la dotación del mismo y siempre tiene un límite; por ende a mayor cantidad de animales pastando, menos comida para cada uno y, entonces, menos producción por cabeza.

El Resultado

Aún bajo el supuesto fuerte que “la propiedad común se cuide de la misma manera que la propia”, si el uso de la tierra es libre, cada persona decidirá si pone o no a pastar una vaca adicional únicamente en función de cuánto obtenga de ella. Si su costo es 500, es claro que habrá 17 vacas pastando en la tierra común. Esto es así porque quien lleva la cabeza 17 sabe que le costó 500 y obtiene 509, pero si se pone la 18, ya la producción unitaria (470) sería inferior al costo y perdería dinero haciéndolo. La pregunta es si ello (tener 17 cabezas en el campo) es lo óptimo para la sociedad, y la respuesta es un NO rotundo. ¿Por qué? Sencillamente porque cada productor analiza y decide su comportamiento en función de su beneficio, pero deja de lado la influencia de aquél sobre el resto de los productores. Por ejemplo, cuando se lleva la cabeza 10, ésta marginalmente produce 500, una cantidad exactamente igual al costo, pero el valor de la producción por unidad de “capital” cae 38, de 878 a 840, lo que implica que los 9 anteriores han perdido  342 (38*9). El mismo razonamiento nos dice que introducir el animal 11, la producción total aumentaría en 350 y las pérdidas de los 10 anteriores sería de 450 (45*10). Entonces socialmente introducir la vaca Nº 11, causa pérdidas a los 10 restantes de tal magnitud que más que compensan la producción de esa unidad, se pierde bienestar y lógicamente no debería hacerse. Por tanto un productor individual que tenga el dominio total de la tierra (decide sobre qué, cómo y cuánto producir), no tendría más de 10 cabezas en ese terreno, contra las 17 que habrá si ese “dueño” no existiera.  La ganancia del productor individual es la utilidad social, que la propiedad común termina dilapidando[1]. Para la sociedad en su conjunto pasado determinado límite se pierde, para una persona individualmente considerada ese límite se alcanza con mayores unidades producidas, sencillamente porque no internaliza las pérdidas que le está ocasionando al resto de los productores.

Un ejemplo más reciente se puede encontrar en las reformas que China emprendió sobre fines de los 70. Allí se cambió el sistema de pago de renta sobre la tierra de la siguiente manera, antes las personas debían entregar toda su producción al estado y éste le daba a cada familia lo que entendía del caso para cubrir sus necesidades, luego se pasó a un sistema donde las personas debían entregar una cantidad fija de productos (x kilos) y todo el exceso de producción lo podían vender en un mercado libre al precio de mercado. La tierra era la misma, la maquinaria y herramientas las mismas arcaicas de siempre; en 5 años la producción agrícola se más que duplicó y fue el comienzo de la era que llevó a este país a ser hoy la segunda economía del mundo y, según dicen, la razón de los precios de nuestros productos de exportación. Si será bendita la propiedad privada.

 

Nº Vacas Producción Total Producción unitaria Producción marginal
1 1.200 1.200 1.200
2 2.300 1.150 1.100
3 3.325 1.108 1.025
4 4.275 1.069 950
5 5.150 1.030 875
6 5.950 992 800
7 6.675 954 725
8 7.325 916 650
9 7.900 878 575
10 8.400 840 500
11 8.750 795 350
12 8.950 746 200
13 9.025 694 75
14 9.030 645 5
15 8.930 595 -100
16 8.805 550 -125
17 8.655 509 -150
18 8.455 470 -200

 

[1] Note el lector que si se ponen 17 vacas en el campo, el valor de la producción 8.655 prácticamente equivale al costo total 8.500 (17 * 500), o sea no existe una ganancia de bienestar para nadie.

Isaac Alfie

Autor: Isaac Alfie

Economista (UdelaR, 1984). Contador Público (UdelaR, 1985). Profesor Titular de Economía y Finanzas Públicas en la Universidad de Montevideo. Dicta clases en postgrado de esta Universidad y la Universidad Católica. Profesor de Macroeconomía en la Universidad de la República. Conferencista nacional e internacional sobre políticas públicas y macroeconomía. Consultor de Organismos Internacionales (FMI, Banco Mundial y BID, entre otros). Asesor del Ministro de Economía y Finanzas 1991 - 1994. Director de la Asesoría Macroeconómica del Ministerio de Economía y Finanzas 1995 – 2003. Ministro de Economía y Finanzas 2003 – 2005. Gobernador por Uruguay del FMI 2002 – 2003 y del Banco Mundial y BID 2002 – 2005. Senador de la República 2005 –2010. Asesor y consultor de empresas en materia económica y financiera.