Sábado, 22 de agosto de 2015

MENU

Las lecciones de Brasil

Hace casi 10 meses Dilma Rousseff ganó las elecciones presidenciales en Brasil. Fue una victoria ajustada, pero victoria al fin: el PT se aseguraba otros 4 años en el gobierno.

Parecía que el PT, y en especial Lula da Silva,  habían logrado sortear  el escándalo de corrupción conocido como “mensalao” (sobornos pagados a diputados para que votaran proyectos del Poder Ejecutivo), entregando las cabezas de, entre otros, el otrora todopoderoso José Dirceu, del presidente del partido, José Genoino y del tesorero, Delúbio Soares.

Parecía que las multitudinarias protestas que surgieron en Brasil en 2013, motivadas por las deficiencias en los servicios públicos, el aumento del boleto y los gastos del mundial de futbol de 2014, que tomaron por sorpresa al gobierno y a los partidos políticos, enfrascados por entonces en los prolegómenos de las elecciones presidenciales, no habían logrado mellar del todo la confianza de los brasileños en la presidente y su partido.

Las políticas sociales, en especial la “Bolsa familia”, las cuantiosas transferencias federales para los empobrecidos estado del nordeste, una economía todavía en crecimiento y la promesa de que un ajuste fiscal no sería necesario parecieron pesar más en la decisión de los votantes que aquellos reclamos.

Pero también hicieron que una ajustada mayoría de brasileños soslayara los casos de corrupción, no sólo el “mensalao”, sino también otro mega escándalo  que surgió en marzo de 2014: el “Lava Jato”, un esquema de lavado de dinero y pago de sobornos con epicentro en la estatal Petrobras.

Sin embargo, en marzo, apenas dos meses después de reasumir la presidencia, Rousseff debió enfrentar una nueva ola de protestas que movilizaron a cientos de miles de brasileños, iniciando un proceso de rápido y estrepitoso desmoronamiento de los niveles de aprobación del gobierno  (por debajo del 10%) y una crisis política que algunos comparan con la que precedió a la destitución de Fernando Collor de Mello en 1992.

Los brasileños volvieron a salir a las calles en abril y en agosto, reclamando, a diferencia de lo ocurrido en 2013, la salida de Rousseff y el fin del gobierno del PT.

¿Qué pasó, que cambió, para que en tan solo dos meses Dilma y el PT estén en esta encrucijada?

Se dice, con razón, que las causas hay que buscarlas en el parate de una economía que se dijo iba seguir creciendo, en el ajuste fiscal que se aseguró no era necesario,  en la devaluación del Real que no iba a ocurrir,  en las derivaciones del “Lava Jato”, que están llegando a las puertas del mismísimo Lula da Silva, en el distanciamiento cada vez mayor que están tomando los dirigentes del PMBD, al que pertenecen el vicepresidente, el presidente de los diputados y el presidente del Senado, del gobierno del PT.

Sí, seguramente todas esas cosas están detrás de la actual crisis política. Pero lo que mejor explica que todo se haya desmoronado tan rápidamente, que los niveles de rechazo hayan alcanzado tan altos índices es, en mi opinión, la decepción, la desilusión de los brasileños con Dilma, Lula y el PT.

Cada día que pasa cuesta más creer que Lula haya sido “…traicionado”, como dijo para desmarcarse del “mensalao”;  con cada nueva revelación el PT aparece más comprometido con las prácticas corruptas; todo indica que el PT, en el gobierno, dejó de ser el partido que era en la oposición.

Qué lejos quedó aquel partido de obreros que aspiraban al socialismo como forma de organización social; qué lejos quedó aquel partido que a las puertas de la presidencia de la República se conformó con levantar las banderas de la izquierda en el marco del capitalismo; ¿dónde quedó aquel partido que se comprometió a terminar con la corrupción?

Seguramente lo encontraremos a los pies del poder, que todos los partidos procuran alcanzar como medio para hacer, pero que algunos terminan por verlo como fin antes que como medio. Y cuando se llega a ese punto, lo importante es permanecer en él, como sea y al precio que sea: recurriendo a medias verdades; a mentiras; a la descalificación y demonización del adversario; a corruptelas de todo tipo y calibre.

Ese es el drama del PT, que llegó al poder prometiendo otra forma de hacer las cosas y tras 12 años en el gobierno aparece como la peor versión de la política de siempre. Allí está el origen del enojo de los que nunca lo votaron y la decepción de muchos (la mayoría a estar a las encuestas) de los que lo acompañaron con ilusión.

El PT, que en 1990 promovió la creación del Foro de San Pablo, era el último paradigma para muchos partidos y fuerzas políticas de Latinoamérica, como antes lo habían sido la fallida revolución cubana y después la caricaturesca –y trágica- revolución bolivariana.

Harían bien en tomar nota de lo que está pasando en Brasil.

Nadie está a salvo de elegir como modelo experiencias a la postre fallidas; lo grave es persistir en recorrer el camino que llevó a esos fracasos. Porque más temprano que tarde, el pueblo pasa la factura.

José Garchitorena

Autor: José Garchitorena

Abogado y funcionario. Actualmente es Ministro de la Corte Electoral. Integró el directorio de UTE entre 2010 y 2012. Miembro electo de la Junta Electoral de Montevideo (2000-2005). Integrante de la Asamblea del Claustro de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de la República entre 1987 y 1989. Afiliado al Partido Colorado desde 1983, fue Prosecretario General del mismo. Es miembro de diversas instituciones culturales y sociales. Colaborador de diversas publicaciones periodísticas. Es autor de los libros Manual Práctico de Derecho Electoral Uruguayo y de Historia de un mito, las elecciones de 1971 y la denuncia del Partido Nacional.