Jueves, 5 de mayo de 2016

MENU

Las obligaciones que la hora nos impone

Hace una década y media Uruguay comenzaba a padecer una de las más graves, si no la más grave de todas las crisis económicas de su historia. Una conjunción de causas adversas creó el duro marco de las dificultades que se originaron. Factores sanitarios (aftosa), repercusiones de los terremotos financieros de los países vecinos, fraudes en el sistema bancario, fueron algunos de los elementos que se asociaron para sumir a la sociedad uruguaya en la desesperanza y la angustia.

Sin embargo bastó poco más de un año para que la conjunción de esfuerzos efectivos lograra posicionar nuevamente a la República por la senda del crecimiento.

En efecto, la pericia, eficiencia y firmeza del gobierno de la época, sumada a la comprensión de una ciudadanía golpeada duramente y a la colaboración de diversos agentes (como los propios sindicatos y varios protagonistas del espectro político) logró en tan poco tiempo frenar la corrida bancaria, negociar con los organismos internacionales, recomponer el destrozado sistema financiero nacional, cumplir con las obligaciones contraídas y acordar un canje de deuda sin antecedentes en el mundo, permitiendo divisar el futuro con un ánimo retemplado.

Esta introducción viene a cuento para demostrarnos que aún en este, nuestro Uruguay cansino, es posible encarar las soluciones que los tiempos imponen.

Es claro, que si nos ceñimos a las señales que se vienen produciendo en los últimos tiempos, los presagios no son muy positivos al respecto.

Como muestra bastan algunos ejemplos.

Un tornado arrasó con Dolores. La sensibilidad de toda la población se puso de manifiesto de múltiples formas. Donaciones que buscaban paliar la grave situación llegaron de todo el país. Sin embargo, las medidas concretas, las acciones que deben venir de las autoridades competentes en forma inmediata no se terminan de concretar. Los vecinos doloreños están hoy clamando por soluciones inmediatas e imprescindibles. ¿Burocracia? ¿Negligencia?

Hace meses se inició una verdadera guerra de guerrillas entre el gremio de los taximetristas y la aplicación Uber. El conflicto está amenazando con adquirir ribetes violentos. Se consuman verdaderas emboscadas. Se producen denuncias ante la justicia. Las autoridades resuelven aplicar fiscalizaciones rayanas con el absurdo en lugar de proceder a una verdadera regulación que se adapte a los tiempos que vivimos.  ¿Cobardía? ¿Incapacidad?

Probablemente el ejemplo más notorio es el que se nos brinda con el tratamiento que desde el Poder Ejecutivo se está produciendo con relación a la problemática de la seguridad pública.

Este es uno de los temas que más preocupan a la sociedad. El incremento de rapiñas y otros delitos violentos se mantiene sin solución de continuidad. De parte de las autoridades se defiende la gestión argumentando en base al notorio incremento presupuestal aprobado para  aplicar a esta problemática, sin darse cuenta que no se hace más que dejar en claro el rotundo fracaso de una política que habiendo multiplicado por cuatro los montos invertidos genera resultados cada vez peores.

Ante esta coyuntura, entre bombos y platillos se anunciaron reuniones de todo el espectro político convocadas por el Presidente de la República. Todo lo que se ha obtenido hasta el momento es una propuesta de siete proyectos de ley, que en su casi totalidad no encaran ningún aspecto relevante que permita revertir la dramática situación. Mientras tanto los principales referentes del área se encaminan a batir records de permanencia en sus cargos. ¿Indiferencia? ¿Capricho?

Ni hablemos de la educación. El notorio descalabro no encuentra solución. Por el contrario, se ve como el sistema termina expulsando a aquellos jerarcas que han sido reconocidos por su capacidad e iniciativa de cambio.

A esta altura de los acontecimientos genera indignación reconocer que en todos los aspectos cruciales de la vida de la sociedad nos encontramos al garete en medio de un mar embravecido.

Nuestro país logró obtener su independencia en apenas tres años a partir del desembarco de la Cruzada Libertadora de los Treinta y Tres Orientales. Apenas finalizadas las cruentas guerras civiles de fines del siglo XIX y principios del siglo XX se logró en poco tiempo encauzar la vida y posicionarse a la vanguardia del mundo. Poco tiempo se precisó para volver al clima de convivencia y paz a la salida de la dictadura en la década de los 80.

Sin embargo, viviendo en esta era de la revolución tecnológica seguimos embretados y mostrándonos incapaces de tomar la iniciativa, aplicar el conocimiento y demostrar la voluntad política de terminar con las urgencias que nos aquejan.

Decía el filósofo, político, orador y escritor romano Lucio Anneo Séneca: “No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas”.

En el pasado los uruguayos dimos sobradas muestras de atrevernos a encarar las más difíciles empresas. Acaso, ¿no podemos ser dignos de la historia que escribieron nuestros antecesores?

Las futuras generaciones nos demandan a todos sacudir el inmovilismo y afrontar los desafíos y a las autoridades en particular, les demandan el cumplimiento de las obligaciones que sus cargos les imponen.

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).