Jueves, 3 de mayo de 2018

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¿Libertad o censura?

“Prohíbase el uso de la Sala que administra la Secretaría de la Cámara de Diputados para la realización de eventos que inciten al odio…”

La breve cita corresponde a un proyecto de ley presentado por el oficialismo en Diputados. Se puede leer como un reflejo atávico, un puñetazo sobre la mesa. ¡No es para menos! El 10 de abril dos politólogos argentinos disertaron en una de las salas del anexo al Palacio Legislativo sobre ideología de género. Y seis días después, también en el Anexo, disertó una activista Profamilia.

Para muchos seguramente esto puede ser un horror, un retroceso, o lo que es peor, un acto censurable. Pues, estas personas expresan una visión contraria a la del oficialismo sobre asuntos como el aborto, la identidad de género, el matrimonio igualitario. La valoración moral sobre vida y obra de los disertantes podemos dejarlas a un lado. De eso ya se encarga el Komintern.

Lo preocupante sobre el proyecto y la forma en que se ha encarado el asunto, es que quienes lo promueven niegan, o quizás ignoran, que están censurando una posición política legítima frente a un tema de agenda.

En un país de tradición liberal y republicana como Uruguay esllamativo que se aplique la censura institucional. Se quiere usara la ligera los instrumentos legislativos para intimidar al que piensa distinto.

Para colmo de males, hay una especie de acobardamiento por parte del diputado que facilitó el evento. También vemos una dejación de quienes son representantes del pueblo y sintonizan conlas ideas que expresan estos disertantes.

Acaso ¿hay unanimidad en el Parlamento en torno a esos temas? Seguramente la respuesta sea un “NO” rotundo. Entonces, si no hay unanimidad, pero censuramos a los disertantes, ¿no estaríamos censurando indirectamente a quienes piensan como ellos?Es muy probable que SI. Por extensión,si asumimos que los disertantes “incitan al odio” y que hay un porcentaje X de legisladores que sintonizan con esas ideas, entonces tenemos que asumir que estos también “incitan al odio”. Por extensión, hay un porcentaje X de la población que se siente representada por esos legisladores que “incitan al odio”, con lo cual indirectamente también lo promueven. Es absurdo.

Al fin y al cabo, la “corrección política” nos puede llevar a un extremo donde aniquilamos el derecho a discrepar.Donde terminemos pensando más o menos lo mismo sobre determinados temas. Y donde sea redundante entablar un intercambio sobre tal o cual tema. Y eso, en algunos ámbitos, se extiende al lenguaje que debemos utilizar para no ofender.

Si alguien se atreve a pensar diferente, se soluciona cabalgando a hombros de una moralidad superior.Frente a ello, la postura contraria pasa a ser “patriarcal”, “neonazi”, “reaccionaria”,ypor ende, digna de censura. Una suerte de atajo mortal para la democracia.¿Qué clase de debate político es ese? ¿en qué momento instauramos la superioridad moral del argumento político?

En lo particular tengo más bien una visión liberal sobre estos temas de agenda. A menudo, eso me lleva a calurosas discusiones con visiones más conservadoras. Y eso es enriquecedor, aunque no haya más que discrepancias, porque lo hacemos desde la libertad de opinión.

Asumir que en estos temas hay una postura moralmente buena y otra moralmente mala nos lleva a hacerle el juego al redactor del proyecto de ley. Lo único que pude venir después de eso es el relato intimidatorio y un “sombrero seleccionador”, al estilo de la saga Harry Potter, que nos diga quiénes incitan al odio y quiénes no.

Este debate no es nuevo, sino todo lo contrario. Con la modernidad se saldó en favor de las democracias representativas, cuya esencia es igualarnos ante la ley, otorgar libertad y permitir que, dentro de la diversidad, vivamos juntos. Esa perspectiva, propia de la ilustración, hoy en día puede ser toda una innovación frente a estos casos. Para muestra dejo una cita de James Madison en El Federalista:

Hay dos maneras de evitar los males del espíritu de facción: una consiste en suprimir sus causas, la otra en reprimir sus efectos.

Hay también dos métodos para hacer desaparecer las causas del espíritu de facción: destruir la libertad esencial a su existencia, o dar a cada ciudadano las mismas opiniones, las mismas pasiones y los mismos intereses.

Del primer remedio puede decirse con verdad que es peor que el mal perseguido. La libertad es al espíritu faccioso lo que el aire al fuego, un alimento sin el cual se extingue. Pero no sería menor locura suprimir la libertad, que es esencial para la vida política, porque nutre a las acciones, que el desear la desaparición del aire, indispensable a la vida animal, porque comunica al fuego su energía destructora.

El segundo medio es tan impracticable como absurdo el primero. Mientras la razón humana no sea infalible y tengamos libertad para ejercerla, habrá distintas opiniones.”

 

Madison, J. (1787) TheFederalist. N°10. Pg. 1787-88.

Alejandro Guedes

Autor: Alejandro Guedes

Politólogo. Egresado de la Faculta de Ciencias Sociales.Se encuentra cursando la maestría en Ciencia Política (UdelaR). Integrante del Programa de Estudios Parlamentarios del Instituto de Ciencia Política.