Lunes, 26 de junio de 2017

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Lo que viene desde Asia

Si el argentino Domingo F. Sarmiento y el uruguayo José Pedro Varela vivieran en estos días, indudablemente mirarían a los países del Asia Oriental para comprender algunas claves del progreso social y económico. A esas latitudes orientales se les presta cada día más atención en los medios de comunicación, aun cuando en los programas de estudios apenas se las menciona. Sabemos de su empuje económico porque nos llegan productos asiáticos, ya sea electrodomésticos, ropa, teléfonos celulares, automóviles y herramientas. Esa parte del mundo ya no nos resulta tan exótica, pero nos resulta difícil entroncarla con el relato que en Occidente se fue armando sobre la historia de la humanidad. Es como si, repentinamente, estas culturas aparecieran en el escenario mundial en algún momento del siglo XX.

Lo cierto es que, además de ser civilizaciones milenarias, también se ubican entre los países más dinámicos. Entre los cinco países en donde se registran más patentes de invenciones, tres son de Asia Oriental, a saber: Japón, República Popular China y Corea del Sur, junto a dos occidentales: Estados Unidos y la República Federal Alemana. Y es que, además de la importante tasa de ahorro y la consecuente inversión, en esas sociedades tiene un enorme prestigio social la educación, a la que consideran como el gran mecanismo de ascenso social. Es una tradición que se remonta a más de dos mil años, impulsada por el confucianismo, de formar funcionarios eruditos y para incorporarlos a la administración pública al servicio del monarca. Los planes de estudio, obviamente, han cambiado; pero tanto las grandes empresas como la administración pública buscan atraer a los mejores graduados, en un clima de alta exigencia. Esto supone una enorme valoración del esfuerzo continuo en el estudio, que es posible advertir en el desarrollo de nuevas tecnologías.

La llamada “Gran Revolución Cultural Proletaria”, impulsada por Mao, buscó borrar las grandes contribuciones de la cultura clásica china con la destrucción de libros e instrumentos musicales, incendio de templos y con la denuncia a profesores “burgueses”, por parte de los estudiantes. Fueron años en los que hordas de adolescentes, con el Libro Rojo de Mao en la mano, tomaban escuelas, universidades y ministerios para implantar su dogma falaz de militancia voluntarista. Fueron años de retroceso para la cultura y la ciencia, de la más cruda ingeniería social, en los que se intentó vanamente en borrar la importancia de la educación. Como en tantas otras cuestiones, Mao fracasó, con un costo colosal, y la educación volvió a cobrar prestigio.

En las latitudes rioplatenses estamos empeñados en encumbrar al facilismo. Ya no es un problema de perspectivas de tal o cual gobierno, sino de que la educación formal se ve como un camino para obtener un mero diploma, independientemente de si la formación recibida es de excelencia, mediocre o paupérrima. Así es como están arribando a la universidad muchos jóvenes con problemas de comprensión de textos y vocabulario ínfimo. Estamos reduciendo el debate sobre la educación a los salarios de los docentes y el estado de los edificios, temas importantes, pero dejamos de lado cuestiones fundamentales como la actitud positiva hacia el aprendizaje permanente, la calidad de los contenidos y el desarrollo de capacidades.

Pareciera ser que los mecanismos de ascenso social son los deportes, el modelaje en las pasarelas o ese camino tan efímero como es el de los “mediáticos”, personajes dispuestos a todo para ganar un espacio en las pantallas. ¿No somos concientes de que el mundo avanza a pasos agigantados hacia nuevos horizontes, mientras seguimos alentando el camino de la viveza? Es curioso que en estos países en donde tanto se admira al deportista, no se advierta que detrás del éxito hay miles de horas de entrenamiento y disciplina. Lo mismo vale para cualquier profesión u oficio, pero se está perdiendo la dimensión de lo que significan el esfuerzo constante y la dedicación para alcanzar un objetivo.

Como ciudadanos, debemos proponernos revalorizar la excelencia, la cultura y la ciencia. Lo que viene desde Asia es un tsunami de innovaciones, del que debemos aprender para no quedarnos atrás en el camino del progreso.

Ricardo López Göttig

Autor: Ricardo López Göttig

Profesor y Doctor en Historia, Doctorando en Ciencia Política. Profesor en la Universidad ORT Uruguay y Profesor Titular en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires). Consejero académico de CADAL.