Lunes, 28 de agosto de 2017

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Los desafíos y sus vaivenes

Es una característica de nuestros ajetreados tiempos de que a nivel universal los sistemas políticos no encuentran soluciones para promover mayores niveles de desarrollo y les resulta sumamente difícil promover los cambios que la época actual exige.

Parecería que la política se ha paralizado y no sirven las ideologías que hasta ahora predominaban pero tampoco aparecen nuevas formas de encarar la fluyente realidad que se encarga periódicamente de generar nuevas situaciones que demandan un enfoque original y abarcativo.

Siguiendo la perspectiva de Humberto Eco – que recoge la interrogación de Zygmunt Bauman sobre qué libertad de decisión conservan los estados nacionales frente al poder de las entidades supranacionales y los mercados financieros internacionales – es posible afirmar como lo hace este escritor y filósofo que “ desaparece una entidad que garantizaba a los individuos la posibilidad de resolver de una forma homogénea los distintos problemas de nuestro tiempo, y con su crisis se ha perfilado la crisis de las ideologías, y por tanto de los partidos, y en general de toda apelación a una comunidad de valores que permitía al individuo sentirse parte de algo que interpretaba sus necesidades “

Adicionalmente, el rápido envejecimiento de todas las sociedades occidentales, la persistente y continua introducción de las invenciones tecnológicas en el circuito productivo las cuales modifican los puestos de trabajo no solo de quienes no son calificados sino también de una franja creciente de profesionales de clase media, así como la dinámica competitiva de los países asiáticos son algunos de los factores que dificultan la toma de decisiones adecuadas de los liderazgos políticos.

Pero también estos desafíos que se van planteando sobre la marcha deben asumir incómodamente los importantes procesos económicos, que se han ido manifestando en las últimas décadas, los cuales han logrado modificar las clásicas reglas de todos los sistemas políticos y sociales.

La crisis que se disparó en el año 2008 hizo visible los conflictos subyacentes que existían en el orden establecido internacional mientras que los viejos y nuevos centros de poder procuraron no perder posiciones procurando eventualmente sacar provecho de la nueva situación en un contexto de fluido movimiento transfronterizo de capitales, bienes y personas.

Es entonces que se acentúan los fenómenos de la internacionalización creciente de las últimas décadas y emerge con mayor intensidad la doble cara de la globalización.

Como resultado de los vaivenes de estas diversas situaciones cobra fuerza un fuerte movimiento antiglobalizador que tuvo como precedente el derrumbamiento de los flujos internacionales de capital que disminuyeron un 4 % del PBI mundial en el año posterior a la crisis del año 2008 o sea apenas un quinto de lo transado en el año anterior al estallido de los problemas surgidos como consecuencia de esta situación extrema.

Una primera explicación de este fenómeno refiere a que los entes reguladores de los países mas poderosos desincentivaron los prestamos al exterior de los bancos de mayor peso contribuyendo significativamente a la desglobalización.

Esto se debió a dos eventos significativos: Previo a la crisis los bancos europeos se habían cargado de hipotecas de alto riesgo – subprime – de los Estados Unidos mientras que los bancos del norte de Europa otorgaban créditos crecientes a los países del sur europeo que luego padecieron fuertes problemas económicos y financieros.

Según el BPI (Banco de Pagos Internacionales) los bancos de la zona euro redujeron sus colocaciones en el exterior a un ritmo de U$S 1000 millones anual durante los ocho años posteriores a la quiebra de Lehman Brothers.

Un segundo factor explicativo se refiere al comercio. Entre 1990 y el 2007 las transacciones internacionales habían crecido casi el doble del producto mundial, pero desde 2008 su crecimiento ha disminuido.

Si observamos la situación actual podemos constatar que la Ronda de Doha ha fracasado, el Acuerdo Estratégico Transpacífico no ha sido ratificado y es notoria la paralización – acentuada por la nueva administración estadounidense – del Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión.

A esto podemos agregar el Brexit que generó que Gran Bretaña rompiera sus compromisos con la Unión Europea y podemos concluir que la caída del comercio internacional ha sido también un fuerte factor que contribuye al proceso de desglobalización.

Para acentuar mas aún este panorama podemos advertir que en el año 2007 China había registrado un superávit de cuenta corriente equivalente al 10 % de su economía, sin embargo hacia el año 2015 dicho sobrante se había convertido en un 3 % marcando la tendencia actual acerca de que esa gran potencia prefiere gastar actualmente un monto mayor de su ingreso internamente, de forma tal que no necesita enviar al extranjero una cantidad apreciable de lo que produce.

Por otra parte la manifiesta reacción política contra el comercio llevada adelante por la actual administración de la primera potencia genera un mundo menos abierto y competitivo y contribuye a un probable mayor desequilibrio de las cuentas corrientes nacionales.

En este contexto el actual Director de la Organización Mundial de Comercio (OMC) nos alecciona sobre que existe un riesgo real de una guerra comercial producto del proteccionismo lo que sería negativo para el comercio y la economía global.

Como vemos el mundo actual genera señales confusas: por un lado se manifiesta una convergencia entre la tecnología mundial y la globalización que están intensamente ligadas propiciando un proceso cada vez mas acelerado mientras que surgen fuertes movimientos antiglobalizadores que reflejan el malestar de las distintas sociedades frente a los perjuicios derivados de este mismo mecanismo especialmente en lo que refiere a la pérdida de trabajo y a las políticas inmigratorias.

Frente a esta nueva realidad los gobiernos deberán aprender y prepararse desde el punto de vista del capital humano e institucional para actuar en condiciones de incertidumbre y cambios acelerados dado que este escenario generará una enorme cantidad de efectos no controlables a nivel de cada país.

Es evidente que en el actual mundo multipolar, la gobernabilidad mundial influirá cada vez más en la gobernalidades nacionales. El estallido de fenómenos no previsibles en una parte del contexto mundial se transmitirá velozmente a otras realidades, con efectos imprevistos.

Nuestra región latinoamericana ha logrado en los últimos años un manejo macroeconómico responsable aun cuando sigue dependiendo en demasía de los productos primarios y según nuestro compatriota Carlos Vegh – economista jefe del Banco Mundial para América Latina y el Caribe – el continente tiene un problema fiscal notorio dado que 27 de los 32 países tuvieron déficit el año pasado y en la medida que éstos se van acumulando la deuda pública se acrecienta, fenómeno al cual nuestro país no escapa.

Con la finalidad de encarar las nuevas fuerzas mundiales se requerirán nuevas alianzas y una creciente integración regional aún cuando los plenarios partidarios en nuestro país no lo entiendan ni hagan un esfuerzo por comprenderlo.

Será preciso elevar la competitividad aumentando la complejidad de la base productiva de bienes y servicios y para conseguirlo será necesaria la acción simultánea en educación de calidad, capacitación laboral permanente, infraestructura de transporte, investigación científica y tecnológica, calidad de los servicios y una política dirigida a la especialización y la diferenciación de productos.

El análisis comparado con naciones exitosas podrá contribuir como experiencias orientadoras al establecimiento de una nueva mecánica de relacionamiento entre empresas, sector público y sociedad civil.

Es posible reconocer los logros de países como Nueva Zelandia, Finlandia y Dinamarca que han logrado combinar un adecuado manejo de sus políticas sectoriales de desarrollo productivo basado en la explotación de recursos naturales acompañado por una sostenida evolución de su organización en materia de redes de actividades económicas, promoviendo cadenas de valor agregado que les han permitido la producción de bienes de capital de clase mundial.

Estos éxitos se basaron en políticas de largo plazo y fueron alcanzadas a partir de una combinación virtuosa de políticas macro – tipo de cambio estable y competitivo, manejo monetario y fiscal consistente con un balance estructural con proyección multianual de la economía – con instituciones que favorecieron el diálogo y la vinculación entre el aparato productivo y las fuentes domésticas de generación y difusión de conocimiento tecnológico como las experiencias empresariales generadoras de nuevos procedimientos técnicos y organizativos, las universidades, las escuelas técnicas y los grupos independientes de investigación.

Según los analistas las características principales de estas políticas se centraron en disponer de estabilidad, una marcada adaptabilidad – en la medida que pudieron ajustarse cuando fallaban o cambiaban las circunstancias – una sostenida coordinación y coherencia, una adecuada calidad de implementación y de efectiva aplicación y una asignación de los recursos escasos en forma eficiente que garantizaron altos rendimientos.

Esta institucionalidad es muy lejana a nuestra realidad y para ejemplo basta conocer los aislados y discontinuos intentos de acercarse a una realidad por lo menos cercana a esta experiencia internacional.

En nuestro país se tiene un falso concepto de institucionalidad y se cree que la misma se establece cuando se crea un organismo especializado (y de paso se la dota de un buen número de cargos)

Veamos el ejemplo de la Agencia Nacional de Desarrollo Económico (ANDE) concebida en noviembre del 2009.

Su objetivo original era promover el desarrollo productivo en todo el país y mejorar la competitividad.

Sin ningún resultado visible en varios años la actual administración le asignó la función de fomento y atracción de inversiones de carácter estratégico y proactivo insertándola en el Sistema Nacional de Competitividad integrado por varios ministerios y agencias sectoriales (ANNI, UruguayXXI, Inacoop, Inefop, LATU,y la CND) que se suponen – una utopía recurrente en nuestra administración pública – que deberán coordinar sus acciones.

Como es posible constatar estas actividades burocráticas se encuentran muy lejanas de las buenas prácticas internacionales de los países bastante similares al nuestro que se mueven por políticas consistentes y de auto aprendizaje permanente.

Cabe entonces preguntarse en qué consiste la visión estratégica que frecuentemente pregona el oficialismo en cada uno de los programas que ha decidido crear para beneplácito de sus adherentes múltiplemente favorecidos.

Algún día algún especialista en el futuro explorará como las quimeras – una variante allegada al pensamiento mágico – han tenido una impronta tan intensa en las acciones de esta administración en ocasión de enfrentar a los desafíos de su tiempo.

Y sin ningún vaivén.

Isaac Umansky

Autor: Isaac Umansky

Contador Público y Economista (UdelaR). Desempeñó el cargo de Contador General de la Nación y Director de la Comisión Nacional de Informática en el período 1985-1990. Profesor Economía, Finanzas Públicas y Administración en la F.C.C.E.E. (Udelar). (1969-1984). Consultor nacional e internacional en proyectos de Administración Financiera Pública y Gestión Pública (BM, BID, CEPAL, Agencia de Cooperación Sueca y la Unión Europea en Chile, Costa Rica, México, Bolivia y Cuba (Desde 1990 hasta la actualidad). Ex Presidente de la Asociación Uruguaya de Contabilidad y Presupuesto (ASUCYP) durante varios períodos. EX Vicepresidente de la Asociación Internacional de Presupuesto Público (ASIP) 2 períodos. Miembro del Consejo Internacional que emite las Normas y Estándares del Sector Público (IPSASB) de la Federación Internacional de Contadores (IFAC). Período 2010-2012.