Jueves, 16 de noviembre de 2017

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Los malos y los buenos

Hace un tiempo atrás, una conversación con un conocido derivó hacia un tema polémico y discutido en infinidad de ocasiones: el bien y el mal. Por un lado, mi conocido se afiliaba a la teoría que hay personas buenas y personas malas, en cambio, yo sostenía, y sostengo, que las personas pueden hacer cosas buenas o malas, y que incluso es difícil en muchas ocasiones poder discernir qué es el bien y qué es el mal en forma concluyente.

Esta polémica, que evidentemente no llegó a ser laudada durante la conversación, yéndose cada uno con las mismas convicciones con las que la inició, viene a colación de un tema también recurrente para el ser humano como lo es el abuso de poder.

La intelectualidad de izquierda ha promovido, exitosamente, la instauración de una lógica que pregona la clasificación de las personas por buenas o malas, curiosamente no siendo esta división fundamentada en los antecedentes o el comportamiento de los individuos, sino en aspectos tan variopintos como ser: ideología política, género, orientación sexual, nivel socioeconómico, creencia religiosa, raza, etc. Un ejemplo cabal de esta forma de ver el mundo fueron las declaraciones de un ex Vicepresidente de la República cuando en ocasión de su disertación en el 2° Encuentro Internacional de la Izquierda Democrática en México afirmara: “Si es corrupto no es de izquierda, si no es demócrata no es de izquierda, si se ponen por encima los intereses particulares no es de izquierda.”

Es lógico que las personas suelan tener más afinidad, empatía, o sentirse más cómodas con aquellos que comparten intereses comunes, y el ser humano, gregario por naturaleza, tiende a establecer vínculos sociales en base a estos criterios, pero esta afinidad no es suficiente argumento para fundamentar una superioridad ética o moral, y la realidad repetidamente nos da muestras que esta concepción es al menos equivocada, ya que en algunos casos, quienes las promueven no lo hacen desde el error, sino desde la deshonestidad intelectual, por medio de una retórica orientada a fomentar el resentimiento de quienes se sienten postergados (en muchos casos un sentimiento justificado), siendo el único propósito reclutar votos para alzarse con el poder, para luego ejercerlo de modo incongruente con lo expresado durante la campaña.

Episodios como los salidos a la luz en los últimos tiempos en el mundo del espectáculo son otra muestra de lo errónea que es esta ideología que no hace otra cosa que prejuzgar y rotular a las personas. Tres personas poderosas han sido denunciadas de aprovechar de una posición influyente  para acosar, como son los casos del productor Harvey Weinstein, y los actores y productores Kevin Spacey y Bill Cosby. El primero de origen judío, el segundo homosexual y el tercero afrodescendiente. El propio Presidente de EEUU Donald Trump admitió durante uno de los debates presidenciales, con pedido de disculpas incluido, haber realizado comentarios inapropiados hacia mujeres. Estos cuatro casos nos dan muestra que la religión, la orientación sexual o la raza, no garantizan que las personas sean buenas o malas de antemano. Es más, como expresara anteriormente, ni siquiera parece razonable decir que ellos son malos, sino que son personas, que en caso de confirmarse las denuncias, aprovecharon una posición privilegiada para obrar incorrectamente, y si corresponde deberían resarcir a los perjudicados de la forma que la justicia dictamine.

El bien y el mal están en todas las personas, y por ende en todas las organizaciones sociales integradas por personas, entre ellas los partidos políticos. Intentar negarlo es negar la realidad, ya sea por tener una visión simplista del mundo, o por promover una visión malintencionada.

La acumulación de poder es el caldo de cultivo ideal para el ejercicio inadecuado de éste, y propicia que quienes están en una posición privilegiada intenten perpetuarse para gozar de sus beneficios. Ejemplos sobran por estos lares, como es son los casos de Chávez antes y Maduro ahora en Venezuela, o Evo Morales en Bolivia, entre otros.

Los votantes de a pie, esos a los cuales el poder no les es cercano, en la ocasión que disponen para ejercer el poder, que no es otra que a través del voto, deberían reflexionar sobre la conducta que han tenido “los elegibles” cuando el poder estuvo en sus manos. Quizás haciendo ese ejercicio se podrían llevar unas cuantas sorpresas acerca de quienes obraron bien y quiénes no.

Ciro Mata

Autor: Ciro Mata

Ingeniero Electricista (Universidad de la República, UdelaR, 2003). Postgrado en Administración de Empresas (2004) y Maestría en Administración de Empresas (MBA) (2006), Universidad Católica del Uruguay. Postgrado en Metodología de la Investigación, Universidad de la Empresa en (2012). Ejerció como docente en la Facultad de Ingeniería de la UdelaR y actualmente se desempeña como docente de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad de la Empresa y la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica del Uruguay. Profesionalmente se ha desempeñado en UTE como subgerente del Área Planificación.