Viernes, 20 de noviembre de 2015

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Nueva vida al Congreso argentino

En los años del kirchnerismo, el Congreso argentino tuvo escaso protagonismo. Fue el centro de atención durante el debate de algunas leyes, como el de las retenciones a las exportaciones en 2008 o el matrimonio igualitario en 2010. Pero como la arquitectura constitucional argentina está diseñada para tener un presidente con una enorme masa de poder, el Congreso tiende a ser relegado cuando el partido gobernante tiene mayoría en ambas cámaras. Y esto se acentuó con la reforma constitucional de 1994.

Los intelectuales argentinos han reflexionado quizás en exceso sobre el rol presidencial, pero muy poco sobre el legislativo. Juan Bautista Alberdi escribió sobre el presidente fuerte –tomando el modelo chileno portaliano- y la monarquía constitucional, pero no dedicó un solo ensayo al Poder Legislativo.

El Congreso argentino es bicameral. La Cámara de Diputados representa –teóricamente- a los habitantes de las provincias en proporción a la población en cada una de ellas, pero el número de los legisladores no se ha actualizado desde el retorno a la democracia en 1983. Se sigue utilizando el censo de ¡1980!, a pesar de que hubo posteriores. Su actualización significaría no sólo el incremento de bancas, sino que algunas provincias aumentarían su representación. A esto debemos agregar que hay provincias sobre-representadas y que, independientemente de su población, tienen una base mínima de cinco escaños en la Cámara Baja. Los diputados tienen un mandato de cuatro años, pero la cámara se renueva cada dos años, con lo cual hay elecciones legislativas a mitad del mandato presidencial.

La Cámara de Senadores es la que representa a las provincias en forma igualitaria; es por ello que cada unidad federal -23 provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires- tiene tres senadores. Esta cámara tiene mayoría peronista desde 1983 a la fecha, y así seguirá en los próximos años, porque se renueva por tercios cada dos años.

El 10 de diciembre no sólo asumirá un nuevo presidente y vicepresidente, sino también se renovará la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado. En la nueva composición por los próximos dos años, el Frente Para la Victoria –kirchnerismo- y sus aliados suman 117 diputados, en tanto que el frente Cambiemos –PRO, UCR y Coalición Cívica- 91 escaños. Las expresiones del peronismo disidente suman 36 bancas, y luego hay pequeñas bancadas como la del Partido Socialista, GEN y el trotskista FIT.

Una señal de la escasa importancia que tuvo el Congreso en este decenio, es que pocos ciudadanos conocen al actual presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, que compitió y perdió con Aníbal Fernández en las primarias para la candidatura a gobernador en la Provincia de Buenos Aires.

Sergio Massa, que resultó tercero en la elección presidencial, aún tiene dos años más como diputado nacional, ya que fue electo en 2013, y probablemente aspire a renovar su escaño en 2017. De este modo, su presencia en la cámara baja cobrará especial relevancia en este período de gobierno, con lo que podrá mantener su protagonismo y, a la vez, contribuir a la aprobación de leyes y al control al Poder Ejecutivo. Si bien el rol legislativo no es el que más lo seduce, esa posición le permitirá actuar como un equilibrio y gestor de coaliciones en el Poder Legislativo. Quizás el bloque del Frente Para la Victoria se vaya fragmentando, y Massa querrá sumar curules a su bancada. Es por ello que, para neutralizar su figura para el 2019, el frente Cambiemos deberá desarrollar de aquí a 2017 una fuerte presencia en la Provincia de Buenos Aires –contará con la gobernación y 64 intendencias- para ganar la elección legislativa de medio término. Y específicamente deberá hacerlo el PRO, ya que la UCR sí está presente en los 135 distritos de la provincia. El bloque de diputados de PRO será conducido por Patricia Bullrich quien, si bien no es del partido, es una figura conocida, fuerte en el debate y conocedora de la vida parlamentaria. Será, claramente, una de las mejores espadas en el Congreso que viene.

Todo hace suponer que el próximo presidente será Mauricio Macri, por lo que el peronismo comenzará el lunes 23 una etapa de reacomodamientos, renuncias, discusiones y cruces de acusaciones. Tal como ocurrió entre 1983 y 1987, cuando el Partido Justicialista fue derrotado en la presidencial y después en la legislativa de 1985, dividido entre “renovadores” –Cafiero, Menem, De la Sota, Grosso- y los “ortodoxos”. Es difícil saber si, como partido, podrá volver a unir a todas esas corrientes que se reclaman como peronistas, un concepto difuso y gaseoso. El PRO deberá, entonces, no sólo realizar una buena presidencia, sino además constituirse como un partido moderno e institucionalizado, con desarrollo territorial y que siga abierto a las nuevas formas de comunicación y gestación de liderazgos competitivos. Sólo por este camino podrá superarse la pesada y triste herencia que está dejando el populismo kirchnerista.

Ricardo López Göttig

Autor: Ricardo López Göttig

Profesor y Doctor en Historia, Doctorando en Ciencia Política. Profesor en la Universidad ORT Uruguay y Profesor Titular en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires). Consejero académico de CADAL.