Jueves, 17 de marzo de 2016

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Para terminar con los embustes

Las grande obras de la antigüedad suelen tener dedicatorias bastante incomprensibles, como la de don Miguel de Cervantes Saavedra al “DUQUE DE BEIAR;  Marqués de Gibraleón, Conde de Benalcaçar y Bañales, Vizconde de la Puebla de Alcozer, Señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos…”, copia de una anterior de otro autor,  incluida, (se sospecha),  por el editor Francisco Robles,  para halagar a quien lo favoreció en los trámites de obtención de la Licencia Real autorizando la publicación de “Vida del Ingenioso Hidalgo…”.

Es un asunto que ahora se nos escapa, pese a que la “Libertad de Imprenta”, convertida por el uso en “Libertad de Prensa”, y finalmente definida como el “derecho a la información”, no fue algo que se obtuviera graciosamente, sino el fruto de una larguísima lucha por consagrar no ya el derecho a expresar libremente el pensamiento, (cosa que siempre fastidió a la autoridad de turno), sino además difundirlo utilizando sin restricciones el revolucionario invento de Gutemberg .

Antes de Gutemberg, solo estaban  los copistas, y de allí viene el infamante insulto de “cagatintas”, ya que quienes ejercían ese oficio, (hacer copias de obras ajenas), a fuerza de chupar las plumas entintadas para facilitar la escritura, (en jornadas de doce horas), eran fácilmente reconocibles por sus excrementos de color negro; que resultaban notorios en una época de escupideras indiscretas que se vaciaban por la ventana, (hacia la calle), al grito de “agua vá”.

Claro, ahora tenemos las maravillas de la revolución digital, y las redes sociales que han amplificado la libertad hasta el abuso; pero más vale pecar por exceso que por carencia, porque en definitiva, el oficio del periodista siempre debe hacer la diferencia, y cuando deje de hacerla, quizás ya no valga la pena escribir sobre el asunto.

Pero mientras tanto, vayan estas breves noticias para refrescar la perspectiva histórica, y el recuerdo de la feliz definición de Carlos Humberto Perette, (periodista y político entrerriano que fuera el vicepresidente del Dr. Arturo Ilia),  del periodismo como el oficio de “pensar con libertad y escribir sin temor”; que hoy, como siempre, es imprescindible.

Porque los periodistas y los políticos tienen una importante diferencia que estos últimos ignoran, y que paso a explicar: a los políticos los eligen cada cinco años, a los periodistas los eligen todos los días, o todas las semanas, o cada vez que escriben; por eso, cuando a los políticos les entra el ataque de soberbia, y nos informan que no se puede “atacar a las autoridades electas”, no puedo evitar la risa.

Cuando personajes lamentables  son descubiertos, (cosa que siempre ocurre), exponiendo a la luz de la opinión pública su inconducta, se enojan y mandan “pedir la grabación”, suelo sentir la tentación de la carcajada, porque es más o menos como el “agarrame que lo mato” de los que se saben flojos en la pelea.

Pero cuando, perdida la cordura, los representantes electos de un colectivo político que ha concitado la adhesión de la mitad de la población, reniegan de la ética, de la honestidad y del respeto  para defender a un mentiroso contumaz, negando la realidad y acusando a la prensa de una inexistente conspiración antidemocrática,  no hay más remedio que enojarse.

Y creo que eso es lo que le ha ocurrido a todos los periodistas (1) que se precien de su vocación y su oficio ante el agravio descomedido que han sido objeto. Y creo que ese enojo es algo muy  relevante de esta instancia, porque negar lo declarado, y hacer escarnio de la verdad, son cosas  absolutamente intolerables.

Los defensores de Sendic y sus mentiras han salido a “torear el camoatí sin poncho”;  (probablemente porque nunca leyeron a Toqueville), y cierro esta reflexiones con una cita que me parece especialmente oportuna: “Sí,  hay que repetirlo una y mil veces: con que una sola vez, una sola  vez, acabases del todo y para siempre con un solo embustero, habríase acabado el embuste de una vez  para siempre…” (2)

 


 

1) Periodista se es “a secas” sin adjetivos agregados.
2) Prólogo de “VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO” de Miguel de Unamuno.

Juan Modesto Llantada

Autor: Juan Modesto Llantada