Miércoles, 9 de mayo de 2018

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Política nacional docente ¿necesaria?

Educar implica estimular, situar y facilitar el proceso por el cual las personas reconstruyen sus sistemas de interpretación y de acción, lo que comprende sus conocimientos, habilidades, emociones, actitudes y valores. Con ello se descubren y crean nuevas oportunidades, dotándoles de herramientas que permiten encontrar mejores condiciones de vida.

Por ello resulta imperioso que los docentes y aquellos con responsabilidad en la conducción de los sistemas educativos tengamos en cuenta que el aprender a educar supone aprender a educarse de forma continua y a lo largo de toda la vida profesional. Por lo que la formación de un docente es un proceso de largo aliento, resultando fundamental conectar la formación inicial, con la formación permanente y la carrera profesional en su conjunto, atendiendo las particularidades de las diferentes funciones educativas.

El lograr atender desde una perspectiva sistémica, las diversas necesidades existentes es imprescindible concebir, establecer y desarrollar una política nacional docente, lo que hoy – a nuestro entender – constituye una importante materia pendiente.

En tal sentido, el establecimiento de esta política nacional no pasa por la creación de una Universidad de la Educación, necesaria pero no suficiente. Tampoco pasa por la estabilidad de los docentes en los centros educativos, con elecciones de horas por más de un año, así como tampoco por la realización de concursos con viejos y perimidos mecanismos de selección, o por la creación de nuevos cargos para distribuir a lo largo y ancho del país.

Estas y otras acciones constituyen partes de un todo, que deben desarrollarse a través de una planificación de largo aliento con la mira puesta en la transformación de la función docente a nivel nacional, cuestión bien reclamada por los colectivos desde hace mucho tiempo.

En lo que a la formación inicial de maestros y profesores refiere, se impone cambiar la forma de selección de aspirantes, el acompañamiento de los mismos desde el inicio de sus estudios, así como también al egreso de ésta, pasando de la formación a través de la acumulación de conocimientos a la formación que implique la construcción de saberes prácticos. Similar accionar se debe llevar adelante en lo que a la profesionalización de la función refiere en el marco de una carrera que se parece más a una “carrera de obstáculos” que a una carrera profesional donde se estimule la capacitación, el desempeño, la innovación, la creatividad, entre otros aspectos.

Como lo sostiene Marc Prensky, los niños del futuro serán los lideres en la resolución de problemas y la educación del futuro estará basada en los proyectos por lo que resulta vital el otorgamiento de herramientas para la resolución de problemas efectivos y reales.

La realidad referida, que compartimos, impone ser precisos y no detenerse. Impone asignar a los docentes las herramientas con las cuales muchas veces no cuentan, ya que los propios sistemas de formación y de carrera las excluyen por estar basados en paradigmas perimidos.

Por lo que resulta a todas luces necesario, concretar una política nacional docente que tenga como centro al profesional de la educación y que propicie, desde una perspectiva articulada, el desarrollo de acciones que logren superar la fragmentación y la falta de coordinación existente a la fecha.

Pasar de la defensa del “statu quo” por parte de algunos actores con mucho protagonismo, a la acción con énfasis en la atención del docente – brazo ejecutor de las acciones de cambio – sabiendo que ningún cambio será posible si no transformamos formaciones, prácticas, estilos de gestión, perfiles, funciones y normativas en un marco de libertad, motivación, profesionalismo y autonomía.

Concebimos, entonces, a una política nacional docente, como el conjunto de acciones planificadas y secuenciadas que comprendan la formación inicial del docente (Selección, planes, programas, acompañamientos, prácticas), el desarrollo profesional (Durante toda la vida profesional no solo en lo disciplinar, sino que también en el otorgamiento de otras herramientas que le permitan atender y entender realidades complejas y cambiantes) y la carrera profesional dentro del sistema (Reclutamiento, selección, perfiles, ascensos, entre otros aspectos a considerar). A su vez, dentro de la carrera del docente se debe poner especial énfasis en concebir y entender las diferentes funciones que dentro de un sistema educativo se llevan adelante, como ser las de supervisión a nivel central (hoy inspecciones que deben partir de nuevos paradigmas), las correspondientes a los equipos de dirección (tan dejados de lado y sin carrera jerarquizada), las funciones de docencia indirecta en general (muchas de ellas de acompañamiento de trayectorias educativas de los alumnos) y la de docencia directa en las aulas (lugar central para la generación de nuevas oportunidades).

Si desconocer la existencia de algunas acciones, lejos estamos de generar espacios que permitan avanzar en esta dirección. El tiempo corre y las necesidades en muchos casos, permanecen o se acentúan.

Ojalá que el 2019 sea un año de realizaciones para el establecimiento de la política referida para lo cual resulta imprescindible trabajar desde ahora.

Robert Silva García

Autor: Robert Silva García

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales egresado de la Universidad de la República, Profesor de Administración y Servicios egresado del Instituto Normal de Enseñanza Técnica. Cuenta con formación a nivel de postgrado en educación y recursos humanos. Fue Consejero de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, Secretario General del Consejo de Educación Secundaria y Secretario General del CODICEN de la ANEP. Actualmente es docente efectivo de UTU, Coordinador del Observatorio de Educación de la Fundación Propuestas (FUNDAPRO) Fue integrante la Comisión Directiva del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEEd). Actualmente es consejero del Consejo Directivo Central (CODICEN) de la ANEP