Martes, 3 de noviembre de 2015

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Por qué importa la apertura externa

No muchos años atrás se hablaba de apertura de la economía y libre comercio, posteriormente se instaló el eufemismo de “inserción internacional”. No importa el término, lo relevante es el concepto y su importancia, si es que la tiene.

Aún hoy se escuchan discursos, los de la semana pasada de la Presidente argentina fueron elocuentes, donde se sataniza el fomento del libre comercio con el resto del mundo. Todos sabemos que el “libre comercio” es una utopía. El intercambio de bienes, y ahora también de algunos servicios, de una manera u otra siempre tiene cierta regulación, pero ello no obsta a que se deba perseguirlo con ahínco porque es clave para el desarrollo, más aún para un país pequeño.

El mundo tras el fracaso de las rondas globales se encaminó hacia acuerdos plurilaterales y bilaterales. Uruguay se encerró en el MERCOSUR ¿existe?

Estados Unidos, Canadá y los países desarrollados de Europa pasaron, y en ciertos casos aun pasan, por problemas económicos. En los primeros dos, las dificultades apenas duraron 4 trimestres, de hecho ese fue el período de caída del PBI (entre el tercer trimestre de 2008 y el 2º de 2009), en tanto en Europa, la caída de actividad con altas y bajas fue más persistente. Se dice que fue “la peor crisis desde el colapso de 1929”. Muchos de quienes han ido a Europa y en especial a países duramente afectados, expresan con asombro “que manden esa crisis para acá” en función del nivel de actividad que percibieron. Es claro que Europa no es aquella encerrada en sí misma, que expulsaba por millones a sus habitantes sino un destino de inmigración pese a 7 años de casi nulo (en realidad leve reducción) de su producción. Pese a lo que se diga, Europa es abierta al comercio mundial. Sus exportaciones de bienes y servicios representan el 44,5% de su PBI y sus importaciones el 40,7%. En Uruguay estos porcentajes son 24,3 y 25,4% respectivamente.

Más allá de percepciones hay respuestas de política totalmente diferente entre 2008 y 1930. Es claro que la ciencia económica avanzó, los desarrollos teóricos y la evidencia empírica hicieron que la respuesta a los problemas fuera bien distinta en lo monetario y fiscal, con la consecuente mejor performance de todas las economías. Mientras ahora se “relajó” la política monetaria y progresivamente se contrajo el gasto público luego de un breve período de alza al inicio, durante los 30 la respuesta fue exactamente la contraria y una década después, al inicio de la segunda guerra, la situación prácticamente no había mejorado frente a 1929.  También entre las diferentes respuestas a los problemas está el relacionamiento de los países con el comercio internacional. Los 30 fueron los años de la vuelta al proteccionismo, en cambio ahora esa natural reacción al encierro e intentar conservar el mercado doméstico, no prosperó. Es más, el mundo se lanzó a la búsqueda de acuerdos que faciliten el intercambio como forma de sortear las dificultades. Un inmenso cambio cualitativo. Ni siquiera Estados Unidos, que puede considerarse en términos relativos una economía cerrada, no por sus barreras sino por la importancia de su mercado doméstico en su PBI, dado el peso de éste en el producto mundial, planteó cerrarse al comercio internacional, sino todo lo contrario.

Hoy tenemos una proliferación de acuerdos que progresivamente van entrando en vigencia.  EUA con dos mega acuerdos a la vista, con la Unión Europea y el Transpacífico. China con Nueva Zelanda y Australia. Éstas con Japón. En América la Alianza del Pacífico y estos países con la Unión Europea, EUA y muchos del Asia.

Algunos economistas se obsesionan con la apertura al comercio mundial y otros podría decir “la detestan”, aunque en general manifiestan “querer venderles a los Estados Unidos y en general a los países desarrollados”, pero no quieren asumir que para ello hay que aceptar comprar.  Particularmente me encuentro entre los primeros, sin comercio no hay producción y, sin ésta, desarrollo posible. La historia enseña que los pueblos más prósperos fueron siempre los más abiertos al intercambio.

Acordar con el mundo implica que debemos ser flexibles para adaptarnos a los cambios de manera “instantánea”; aceptar que otros vengan aquí y nos vendan sus bienes y servicios, del mismo modo que nosotros lo hacemos en sus países. Poder comerciar sin aranceles implica no sólo vender en terceros países sin pagar costos que otros no hacen sino también acceder, entre otras cosas, a insumos intermedios, piezas, partes y bienes de capital de avanzada tecnología que nos mejora la productividad y, con ello el nivel de vida. Implica viajar, estudiar y entender que con cada bien o servicio vamos a aprender algo nuevo, incorporar tecnología, métodos de administración, constructivos. Sólo piense el lector el cambio fenomenal en las técnicas y materiales de construcción de los últimos años, o en las telas para vestimenta. Dos productos nada novedosos como las comunicaciones, pero donde igual ha habido increíbles avances.

Tener más mercados implica disminuir la dependencia regional y por tanto estabilizar el nivel de actividad. Abrirse al mundo implica acceder a mercados más grandes y estables (predecibles) para invertir con un horizonte de más largo plazo y con ello mejorar nuestra capacidad de innovación (productividad).

Se repite, con razón, que el mercado paga el conocimiento esto es, la innovación incorporada en los productos. Se sabe que los bienes industriales fluctúan muy poco de precio a diferencia de las commodities, sean éstas de bienes renovables (agrícolas y pecuarios) o no renovables (minerales, hidrocarburos) y que a mayor contenido tecnológico menos lo hacen. Esto de por sí brinda certezas de futuro.

En un mundo que avanza, no crecer y diversificarse es retroceder en términos relativos. Entonces del comercio con el mundo depende el nivel de empleo, salarios y pasividades. Ser mero espectador de lo que sucede en el mundo equivale a aquellas personas que viendo la decadencia de su pueblo cuando las carreteras se hicieron más rápidas y sustituyeron al ferrocarril, se quedaron en los ellos cuando ya nada pasaba por allí y la actividad decaía. Es quedarse a ver cómo cada día se es más pobre y retrocede. Sin actividad no hay generación de valor. No es ese el mundo que queremos que para nuestra población, hay que lanzarse a concretar acuerdos de comercio y servicios sin más demoras- En muchos casos estamos llegando tarde. Más vale tarde que nunca. Paradojalmente, – es claro que en nuestro gobierno la mayoría son partidarios de Scioli-, si Macri llega al gobierno en Argentina, seguramente realice una ofensiva explícita para acordar con la Alianza del Pacífico y que el MERCOSUR acuerde con Europa, con lo cual Uruguay, de sumarse a esa posición saldría notoriamente beneficiado con el cambio de presidente. Quizás de rebote podamos hacer lo que debimos encarar solos.

Isaac Alfie

Autor: Isaac Alfie

Economista (UdelaR, 1984). Contador Público (UdelaR, 1985). Profesor Titular de Economía y Finanzas Públicas en la Universidad de Montevideo. Dicta clases en postgrado de esta Universidad y la Universidad Católica. Profesor de Macroeconomía en la Universidad de la República. Conferencista nacional e internacional sobre políticas públicas y macroeconomía. Consultor de Organismos Internacionales (FMI, Banco Mundial y BID, entre otros). Asesor del Ministro de Economía y Finanzas 1991 - 1994. Director de la Asesoría Macroeconómica del Ministerio de Economía y Finanzas 1995 – 2003. Ministro de Economía y Finanzas 2003 – 2005. Gobernador por Uruguay del FMI 2002 – 2003 y del Banco Mundial y BID 2002 – 2005. Senador de la República 2005 –2010. Asesor y consultor de empresas en materia económica y financiera.