Martes, 5 de diciembre de 2017

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Por un Uruguay sin exclusiones

Yo era muy chica, y lo cierto es que no viví en carne propia aquel 27 de noviembre de 1983, acontecimiento que recordamos hace unos días.

Me fui interiorizando de muchos detalles y de lo que significó aquella multitudinaria manifestación política, la más grande que hasta la fecha ha tenido lugar en Uruguay, a medida que transcurrían los años, comenzaba a participar de la actividad política y buscaba datos sobre episodios que prácticamente me eran ajenos pero que sentía la necesidad -y la obligación- de conocer.

Aquel 27 de noviembre alrededor de 400.000 personas, una cifra que superó largamente todas las expectativas, se manifestaban en torno al Obelisco de los Constituyentes en Montevideo. Esas personas, en un acto de valentía, reclamaban libertad y el fin de la dictadura bajo la consigna “Por un Uruguay democrático sin exclusiones”.

La multitudinaria concentración tenía lugar en pleno gobierno de facto, el que llegaría a su fin recién quince meses después, cuando Julio María Sanguinetti asumiría la Presidencia de la República.

Hacía ya algún tiempo que las negociaciones con los militares para conseguir el retorno a la democracia impulsadas por el Partido Colorado, el Partido Nacional y la Unión Cívica se habían paralizado debido a la actitud intransigente de los militares, que exigían una salida tutelada y con condiciones que los partidos no aceptaban.

El gobierno había recibido dos fuertes bofetadas de parte de la ciudadanía: el triunfo del NO en el plebiscito de proyecto de reforma electoral propuesto por los militares (1980) y el triunfo de los sectores opositores de la dictadura en las Elecciones Internas de los partidos políticos no proscriptos (1982). Era, entonces, el momento justo para insistir con un cambio en la forma de presión. Y en efecto, en 1983 la población comenzó a hacerse escuchar de una manera diferente: con masivas protestas y movilizaciones callejeras, con apagones y con caceroleos. Tenían lugar en todo el país.

Ese mismo año se gestó, entre otras iniciativas, la posibilidad de convocar a un acto público masivo para el último domingo de noviembre, fecha en que, cada cinco años, debían celebrarse las Elecciones Nacionales.

La idea para llevar a cabo este acto partió de Jorge Batlle, y tuvo inmediato apoyo de todos los partidos políticos y organizaciones sociales.

Apenas tres semanas antes, el 8 de noviembre, los partidos políticos solicitaron a las autoridades de la época la anuencia para realizar el acto, pero el consentimiento llegó recién el 22. Los detalles de la organización debieron ajustarse en tan sólo cinco días, pero logró hacerse. La convocatoria a través de los medios de difusión y boca a boca, fueron masivas.

Un estrado levantado al pie del monumento, con una pancarta con la consigna mencionada líneas arriba -exhibida hoy en el Museo de la Memoria- convocó a más de un centenar de representantes de todos los partidos políticos, de las organizaciones sociales, familiares de presos y de exiliados políticos. Demandaban elecciones libres el último domingo de noviembre de 1984 y asumían el compromiso de “contribuir a la estabilidad” del gobierno que asumiría en 1985.

Tras la lectura de adhesiones de diversas organizaciones uruguayas y de distintos países, y la entonación del Himno Nacional, a las 17.45 de ese día de calor agobiante el primer actor de la Comedia Nacional, Alberto Candeau, leyó una proclama que había sido redactada por los doctores Enrique Tarigo y Gonzalo Aguirre, quienes luego tendrían el honor de convertirse en vicepresidentes de la República.

“Ciudadanos: Los partidos políticos uruguayos, todos los partidos políticos, sin exclusión alguna, han convocado hoy al pueblo a celebrar la fecha tradicional de la elección de sus gobernantes y a proclamar su decisión irrevocable de volver a ejercer su derecho a sufragar de aquí a un año, el último domingo de noviembre de 1984”, decía el comienzo de la proclama.

Y más adelante exigía “la eliminación inmediata y definitiva de todas las proscripciones que aún penden sobre los ciudadanos y partidos, sabedores que la democracia es incompatible con estas arbitrarias exclusiones de la vida cívica y de que únicamente la soberanía popular, manifestada en las urnas, puede disponer la postergación de quienes se postulan ante ella para el desempeño de los cargos de gobierno”.

Finalmente expresaba que “el último domingo de noviembre de 1984, un partido y sus candidatos emergerán triunfantes de las urnas. Pero no habrá derrotados, porque venciendo la Democracia y consagrándose el respeto a la voluntad popular, la victoria será de todos. Como será de todos la responsabilidad de sacar adelante al país de la gravísima crisis en que lo ha sumido esta década de intolerancia, de soberbia y de ceguera, y de contribuir a la estabilidad del gobierno que el 1º de marzo de 1985 asumirá la ímproba tarea de conducir la nave del Estado en circunstancias tan adversas como quizás no las haya conducido el país en toda su historia”.

El diario “El Día” tituló en portada: “Tras una década de regresión y oscurantismo”, agregando en bajada “El pueblo ganó las calles”. La contratapa del semanario “Aquí” plasmaba una foto aérea de la Avda. Luis Morquio desbordada de gente junto a la frase “Un río de libertad”, que desde ese entonces fue utilizada para designar al multitudinario acto.

La derivación de ese episodio es conocida: el debilitamiento final de una dictadura que no había logrado su objetivo -dividir a la sociedad uruguaya-, que se encontraba cada vez más acosada por el reclamo de la entrada en plena vigencia de los valores democráticos, la celebración de las Elecciones Nacionales en noviembre de 1984, el triunfo en las mismas de la fórmula Julio Mª Sanguinetti – Enrique Trigo, y el festejo de todo el pueblo, con la bandera uruguaya flameando por encima de todos.

Vendría así la restauración democrática, la vigencia de la Constitución de la República y la restitución de los derechos otrora vulnerados. El camino seguiría con el afianzamiento de la Democracia a través del sistema electoral, la alternancia de los partidos políticos en el poder y la plena vigencia de una vida en libertad.

Hoy los desafíos son otros.

Vigente ya un régimen de pleno derecho con todas las garantías constitucionales, los problemas pasan por el acuciante problema de la inseguridad cada día más preocupante, la voracidad fiscal necesaria para cubrir los grandes vacíos presupuestarios generados por malas inversiones e irregularidades varias, la pérdida permanente de fuentes de trabajo, y la distancia cada vez más amplia entre los que mucho y los que nada tienen.

Si las condiciones materiales más básicas (seguridad, trabajo, vivienda, salud, infraestructura, justa distribución de bienes, igualdad de oportunidades) no se encuentran satisfechas, es inútil hablar de un verdadero espacio de libertad que permita el normal desarrollo de los ciudadanos y satisfacer sus aspiraciones de una vida mejor.

Aquello fue el comienzo de la salida de la dictadura y el retorno a una Democracia plena. Para honrar a aquellas 400.000 personas que se animaron a promover lo que sin dudas cambió el curso de la historia, hoy debemos asumir nuevas responsabilidades y darles solución.

El pueblo lo demanda.

Nibia Reisch

Autor: Nibia Reisch