Viernes, 24 de junio de 2016

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Qué nos dicen los rankings universitarios

En estos días, se ha publicado una nueva versión del ranking QS de universidades latinoamericanas. Es el sexto año en que esta organización presenta sus resultados. En Uruguay, como en casi todos los países de la región, despierta discusiones y críticas. Desgraciadamente, nuestro país debate poco en materia de educación superior, y el mismo suele ser poco informado y bastante elemental, lo que amerita algunas reflexiones sobre cómo se definen las políticas y cómo se debería fomentar la calidad de la formación universitaria en el país.

Una primera pregunta relevante a formularse es, ¿por qué existen los rankings de universidades? La respuesta académica a esa pregunta se sustenta en el concepto de asimetría de información, entre las personas que quieren cursar estudios universitarios y las instituciones que ofrecen carreras universitarias. Explicado en sencillo es que los estudiantes y sus familias cuando van a decidir en qué institución y qué carrera van a seguir, no disponen información adecuada sobre diversos aspectos que hacen a su calidad. Si bien puede asumirse que una carrera de la Universidad de la República en ejercicio de su autonomía o de una universidad privada reconocida por el Ministerio de Educación tienen un nivel de calidad mínimo, es poca la información que tiene el que va a elegir por ellas sobre cuán buenos son sus profesores, sus programas, los servicios que se prestan, qué posibilidad tendrá de egresar (la deserción universitaria en Uruguay es enorme), e incluso qué perspectiva  de inserción laboral podrán tener luego de graduarse.

Los rankings dan una respuesta simplificada y no siempre correcta sobre algunas de esas preguntas. Se asume que una universidad que figura más alto en el ranking es mejor y por ende satisface mejor los requerimientos de los estudiantes. Allí radica uno de sus mayores problemas: son una simplificación excesiva de una realidad compleja. Los rankings reducen la calidad a algunos indicadores, que en el caso del ranking QS latinoamericano son ocho (reputación académica, reputación de empleadores, relación docente/estudiantes, docentes con doctorado, relación artículos científicos por docentes, citas de artículos científicos, vinculación internacional de la investigación e impacto de la página web). Queda claro de la simple lectura de estos indicadores, que no capturan ni la diversidad interna de cada institución (no es lo mismo Ingeniería que Derecho), ni tampoco permiten dar cuenta de universidades de diferentes tamaños, misiones institucionales y perfiles académicos.

Sin duda los rankings tienen problemas metodológicos importantes, y tal vez el ranking QS sea el más problemático de los existentes. Por un lado, porque pondera a dichos indicadores dándoles diferentes pesos sin justificación. En Europa han sido conscientes de este problema, y han desarrollado un MultiRank (www.umultirank.org), que permite comparar instituciones en diferentes dimensiones, pero sin jerarquizarlas necesariamente (¿es más importante la docencia que la investigación, o un área del conocimiento que otra?). Otro problema del ranking QS, es que otorga la mitad de su ponderación a encuesta a académicos y empresarios, respecto de las que no informa a los involucrados. No se sabe cuántos de esas personas respondieron, de qué países o de qué disciplinas o ámbitos del conocimiento o sectores productivos provienen los consultados. En este sentido, este ranking es bastante opaco, y los especialistas discuten sobre qué evalúan los encuestados, si calidad real o prestigio.

Por algunas de estas razones, muchos prefieren descalificar a los rankings, pero tienen el problema de explicar porqué existen y tienen tanto éxito. Otros, preferimos argumentar que hay que educar a la ciudadanía y a los interesados, sobre qué son, qué aportan y qué problemas tienen. En este sentido, es importante señalar que los rankings, en sus indicadores cuantitativos y más duros, dan información de interés. En el caso uruguayo, queda claro que todavía el número de académicos con grado de doctor es bajo y que la producción científica medida en términos exigentes también es reducida.

Un uso valioso  de estos instrumentos lo constituyen posibles ejercicios comparativos con objetivo de mejora (los especialistas usan el término “benchmarking”). Las instituciones los usan para compararse tanto respecto a sí misma para analizar, evaluando si ha logrado avanzar en algunos indicadores a lo largo del tiempo, como para compararse con otras universidades en el país o en la región que se puedan definir de referencia. Es interesante ver cómo la Universidad de la República se compara en algunos indicadores con otras universidades estatales de gran porte como pueden ser la UNAM (México), la Universidad de Buenos Aires o la Nacional de Córdoba, o la Universidad Católica del Uruguay con otras similares como la Católica Córdoba (Argentina) o la Universidad Alberto Hurtado en Chile.

De todos modos, el país precisa avanzar mucho en este terreno. En primer lugar, en poner a disposición de los estudiantes (actuales y futuros) y sus familias, mayor información sobre las instituciones universitarias y sus carreras. En este sentido Chile es un ejemplo a seguir, con su portal Mi Futuro (www.mifuturo.cl), en el que se proporciona información estadística valiosa sobre instituciones y carreras universitarias incluyendo indicadores de deserción, formación de los docentes o niveles de empleabilidad al egreso.

En segundo lugar, definiendo políticas para el mejoramiento de la calidad de las instituciones universitarias uruguayas. Hoy sabemos que el sistema educativo uruguayo medido por la diferencia de acceso a la educación superior entre sectores de más y menos ingresos, es el más injusto de América del Sur, y que sus tasas de deserción dan pavor. Los rankings también dan datos, en particular respecto de cierta baja calificación de nuestros docentes en cuanto a grados académicos de doctor y de escasa producción científica.

¿No es hora de reclamar políticas nacionales para dar respuesta a estos problemas? Las instituciones están preocupadas por estos desafíos, e intentan remediarlos. Pero el Estado, y en particular el Ministerio de Educación, se encuentran especialmente omisos. Una lectura detallada tanto de los rankings como de los diversos estudios internacionales existentes sobre estos temas, debería movilizar a las autoridades educativas nacionales a salir de su letargo.

Pablo Landoni

Autor: Pablo Landoni

Decano del Instituto Universitario Asociación Cristiana de Jóvenes Investigador en el campo de la Educación Superior