Lunes, 16 de abril de 2018

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Rinocerontes y sentido común

En estos días se destaca en la cartelera teatral montevideana la obra del dramaturgo rumano Eugene Ionesco, “Rinocerontes”.  La misma, que se inserta en la tendencia denominada “teatro del absurdo”, ha trascendido en el anecdotario local por haber sido utilizado su título, con excelsa valentía por Pons Etcheverry para adjetivar a los civiles que colaboraban con la dictadura en aquellos ya lejanos años del inicio de la década del 80, en el recordado debate que éste protagonizara junto a Enrique Tarigo enfrentando a Néstor Bolentini y Enrique Viana Reyes, con motivo del inminente plebiscito constitucional de 1980.

Dicha obra teatral ha sido internacionalmente considerada como una denuncia contra la propagación y aceptación social del totalitarismo.

La contundencia del relato y la evidencia empírica que la historia nos ofrece rememorando los tristes sucesos en los que la humanidad se vio sumidos entre 1933 y 1945, me ha hecho reflexionar sobre cómo es posible que una sociedad pueda ir a contramano del sentido básico de la convivencia y el respeto por el prójimo, para poder rendirse ante la barbarie y el totalitarismo.

Me cuestiono como los seres humanos pueden caer en el redil de quienes maniobran tergiversando la realidad y de aquellos que para obtener su triunfo en el campo de las ideas son capaces de afectar el sentido común de la sociedad.

Bueno es recordar, el popular dicho, atribuído a diversos pensadores  como Voltaire, Ramón Gómez de la Serna y otros,  que expresa que el sentido común es el menos común de los sentidos.

Vuelto a nuestra realidad doméstica, y probablemente alejado de efectos tan dramáticos y devastadores como los narrados en la obra teatral, me preocupa igual el avasallamiento al sentido común que se instala en muchas discusiones de la actualidad.

Día tras día advertimos como se utilizan argumentos falaces, confusos, distorsionados y claramente ajenos a una realidad que salta a la vista.

Los ejemplos abundan.

Para no entrar en casos particulares, analicemos en el plano general algunas de las discusiones que se han instalado. Corre por cuenta del lector asimilarlos a situaciones y nombres propios.

Todos aquellos que han desempeñado tareas en cargos políticos o de confianza, tanto en Uruguay como en otros países, si lo han hecho, como suele expresarse en la jerga jurídica “con la responsabilidad de un buen padre de familia” y si no contaban con fortuna propia,  saben perfectamente que al retirarse de los mismos, no será sencilla la recomposición de su situación financiera. Probablemente les demore un buen tiempo poder hacerlo. Lo que sí es seguro es que haber montado una fortuna y ser propietario de ostentosos bienes son acciones imposibles de alcanzar con los esmirriados ahorros que el desempeño de un cargo de servidor público les puede haber deparado.

Los ejemplos que a nivel regional hemos visto han sido escandalosos. Pero más escandalosos han sido los argumentos de quienes con el único convencimiento de bregar por la inocencia de individuos que exhiben afinidad ideológica, no reparan en atentar contra la comprensión y el sentido común de la población.

Reiteradamente se buscan infantiles argumentaciones para justificar cualquier acción. Si algo es posible demostrarlo con la aparición de las pruebas correspondientes, simplemente se concluye en que las pruebas están desaparecidas y por lo tanto aquellos que sostuvieron argumentaciones basadas en ellas quedan eximidos de toda culpa.

Quizás la virulencia desplegada en el uso de las redes sociales coadyuva a que el buen criterio deje paso a la defensa acérrima e irreflexiva que va mellando la discusión racional y de alguna manera deteriora el relacionamiento en la sociedad.

Aparte de los grandes temas que nuestra sociedad tiene pendientes, como puede ser la búsqueda de soluciones a las conocidas preocupaciones sobre educación, seguridad, salud y economía, la misma también tiene una obligación imperiosa. La de poder lograr que la sabiduría popular pueda expresarse en el más amplio espectro en procura de poder lograr imponer nuevamente el sentido común que alguna vez nos ha caracterizado.

Con él imperando, será mucho más fácil poder encontrar aquellas soluciones a los problemas que nos aquejan.

Hagámosle caso a dos europeos contemporáneos entre ellos. Sostuvo Napoléon Bonaparte que “para triunfar es necesario, más que nada, tener sentido común” y Johann W. Goethe escribió que “la inteligencia y el sentido común se abren paso con pocos artificios”

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).

  • Walter Martinez Larrosa

    Excelente y oportuno, aunque la machacona realidad nos vaya mostrando apreciado Max, via encuestas y consultas callejeras que ese sentido comun escasea y mucho, demasiado a esta altura. Como recomponerlo? Pequeña gran cuestion..