Viernes, 9 de junio de 2017

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Ser afro no es delito

Concomitantemente con la elección celebrada el último domingo de octubre de 2014, se sometió a plebiscito la propuesta para la baja de la edad de imputabilidad. Los opositores a esta iniciativa lograron desplazar el foco de la discusión, que no debió ser otro que el contenido de la misma, por algo tan superficial como la instalación en la opinión pública que ésta poco menos que asignaba a los jóvenes la calidad de delincuentes, machacando con el recordado slogan “ser joven no es delito”.

Todos sabemos ya el resultado de la compulsa, lo cual es anecdótico, lo realmente relevante de este episodio, es que no fue más que otra muestra del escaso nivel con el cual se abordan los temas trascendentes en el Uruguay desde hace unos años. Esta baja en la calidad del debate no es fruto de las circunstancias, sino que forma parte de una práctica promovida por ciertos círculos de intelectuales “políticamente correctos”, o autodefinidos progresistas, cuyo único argumento para discutir una propuesta pasa por desacreditar a quien opina diferente.

Del mismo modo que sucedió con la baja de la edad de la imputabilidad, también ha pasado con otros temas como la despenalización del aborto, la ley de la marihuana, el casamiento igualitario, etc., en otras palabras, lo que esta intelectualidad denomina “agenda de derechos”. Los filósofos progresistas no tienen otro recurso más que intentar de modo premeditado polarizar cualquier discusión en un falso antagonismo entre buenos y malos, tan simplista como los guiones de las películas del lejano oeste que eran asiduas en las matinés de los cines hace unos cuantos años. Los cowboys buenos de un lado y los indios malos del otro.

El gran éxito de la intelectualidad de izquierda, la “inteligencja” como fuera definida por el filósofo polaco Karol Libelt, no ha pasado por estudiar y desmenuzar las propuestas ajenas, con el propósito de encontrar argumentos para rebatir las opiniones que no forman parte de su ideario, sino en desacreditar a sus promotores, descontextualizándolas a su conveniencia, en un intento permanente de demonizar a aquellos que incurren en el pecado de atreverse a pensar de modo diferente. Y mientras estas prácticas sean políticamente redituables van a continuar, está en el ciudadano de a pie, ese mismo que la “inteligencja” desprecia por su escaso nivel cultural e intelectual, condenarlas para que sus adalides las abandonen.

Una de las últimas perlas del collar fue la reacción de la bancada del Frente Amplio ante el penoso incidente ocurrido en la Cámara de Representantes hace una semanas, en ocasión que la diputada Susana Andrade, electa por la lista 711, la cual encabezaba el Vicepresidente Raúl Sendic, se dirigió de una forma ofensiva y peyorativa a la diputada Gloria Rodriguez, tildándola de “afro blanca”, un juego de palabras además de hiriente, carente del mínimo humor. La bancada del FA fue muy reticente a pedir disculpas, y no tomó ninguna medida disciplinaria con la legisladora, cuyo comportamiento al menos rayó en el mal gusto.

¿Cuál hubiera sido la reacción de la bancada del FA si las palabras de la legisladora Susana Andrade hubieran sido dichas por un diputado (hombre) perteneciente a los partidos fundacionales? ¿Acaso los dichos no hubieran generado un escándalo mediático?

Esta doble moral progresista, diseñada a medida de los intereses de un grupo reducido, cuyo único propósito es perpetuarse en el poder, estableciendo un sistema en el cual la libertad de expresión quede en falsa escuadra, en síntesis, instaurar un totalitarismo intelectual de lo políticamente correcto, a la larga terminará, en caso de prosperar, poniendo en riesgo la calidad de nuestra democracia.

Por el camino que estamos transitando corremos riesgo que a que a los ciudadanos se nos termine clasificando según una escala de lo políticamente correcto, algo de lo cual en el Uruguay ya hay antecedentes. Quizás en un tiempo se reediten las categorías A, B y C, quizás sea otra la escala, pero en el fondo lo único que va a cambiar va a ser quién la asigna, y los criterios con los que se hace.

Hace unos días recibí un mensaje por whatsapp que en clave de humor pinta esta doble moral y manipulación. El mensaje básicamente decía lo siguiente: la hija de un periodista va al zoológico y accidentalmente cae en la jaula del león. Cuando el animal avanza hacia ella, un hombre observa la escena y la rescata golpeando al felino. El padre de la niña, al presenciar el gesto heroico del hombre, le comenta que es director de un medio de prensa progresista y pluralista, y a modo de agradecimiento desea contar la historia y hacerle una entrevista. En el momento de realizarle la entrevista al héroe, le preguntan de dónde es oriundo, profesión y preferencia política, a lo cual el individuo contesta: soy de Durazno, militar y voto al Partido Colorado. Al otro día el medio pluralista y progresista titula: “Radical de extrema derecha ligado a la dictadura militar ataca inmigrante africano para sacarle la comida”.

Por el bien del Uruguay, y de la calidad de nuestra democracia, esperemos que no caigamos en los guiones de películas del far west. Si seguimos así vamos a tener afrodescendientes de izquierda y negros de derecha, pero eso no va a ser lo grave, lo grave es que algún intelectual progre dirá: ser afro no es delito, ser negro sí.

Ciro Mata

Autor: Ciro Mata

Ingeniero Electricista (Universidad de la República, UdelaR, 2003). Postgrado en Administración de Empresas (2004) y Maestría en Administración de Empresas (MBA) (2006), Universidad Católica del Uruguay. Postgrado en Metodología de la Investigación, Universidad de la Empresa en (2012). Ejerció como docente en la Facultad de Ingeniería de la UdelaR y actualmente se desempeña como docente de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad de la Empresa y la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica del Uruguay. Profesionalmente se ha desempeñado en UTE como subgerente del Área Planificación.