Viernes, 24 de julio de 2015

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Son nuestros, son una maravilla

¡Qué satisfacción verlos en el podio! ¡Qué felicidad verlos correr, jugar o navegar con una destreza y coraje sin igual! Toronto empezó a conocer la fuerza y la entrega de los deportistas uruguayos y emociona, no lo duden, que eso pase.

Enorgullece que una chica de tan solo 16 años (Dolores Moreira) irrumpa en el mundo de la vela y se cuelgue una medalla de plata en láser radial. Y el pecho se sigue inflando cuando las muchachas del handball logran romper otra marca: ganarle por primera vez a Cuba, o cuando Deborah Rodríguez y Emiliano Lasa ponen a Uruguay entre los atletas más veloces del continente.

Es épico, memorable. Hay que reconocer las dificultades que atraviesan nuestros valientes deportistas simplemente para conseguir presentarse en cada una de las competencias internacionales.

El valor de su actuación eleva aún más su potencial cuando se trazan comparaciones con las inversiones que se realizan en otras partes del mundo. Cuando se comprueba que Brasil es capaz de invertir 800 millones de dólares para que sus atletas ganen medallas en los Juegos Olímpicos o cuando se lee que Chile ocupa el tercer lugar de Latinoamérica en respaldo al deporte con una inversión de 213 millones de dólares.

Uruguay no entra ni entre los diez primeros. ¿Diez? Ni entre los 15 o 20 y sus números, pese a que han mejorado, están demasiado lejos de lo que se precisa para lograr una revolución deportiva. Por eso mismo, es que estos pequeños milagros son los que siguen permitiendo creer que muchas cosas más se podrían conseguir si se dedicara mayor atención a los jóvenes que se entrenan en silencio y, en ocasiones, en la más profunda soledad.

Que quede bien claro, no es lo mismo ser uruguayo que brasileño, argentino o chileno, por ejemplo, a la hora de ir a una cita Sudamericana, Panamericana u Olímpica. Jamás lo será, porque difícilmente en Uruguay se consiga igualar las condiciones con las que llegan nuestros vecinos más cercanos o lejanos, pero algo se puede hacer para atenuar la distancia.

Pero tampoco seremos los mismos porque los nuestros la pelean y no aflojan nunca. Su lucha sin cuartel ilumina cada una de las canchas que los recibe. Con su toma y daca se ganan respeto, consideración, admiración. Se merecen el mayor de los apoyos para que el entusiasmo que consiguen plantar en los niños y adolescentes que son testigos de sus gloriosas tardes o noches se contagie. Para que cada vez sean más los nadadores, los gimnastas, los atletas, los rugbistas, los tenistas, los regatistas que tengan ganas de defender a la Celeste.

Trabajar en ello es responsabilidad de las autoridades deportivas y de las gubernamentales. El deporte contribuye a formar mejores personas y también colabora de manera eficaz en la difusión de Uruguay como país. Estoy convencido que es un buen camino a seguir para mejorar la sociedad toda, sin dejar de lado todo lo que reconforta ver izar la bandera de franjas blancas y azules en un mástil de Canadá, Sydney, Guadalajara, Rio de Janeiro o cualquier otra ciudad del mundo.

Seguramente, el tema no formará parte de ningún debate inmediato y los gladiadores charrúas continuarán en su largo peregrinaje por el mundo con la maleta a cuestas, juntando pesito por pesito para poder llegar a su cita deportiva, contando con la creatividad de algún dirigente, con el esfuerzo de sus familiares o de amigos. Tampoco habrá otro cambio, quizás el más importante de todos. Si de algo estoy seguro es que continuaremos viendo a gente de corazón rebelde, a deportistas que mantendrán la búsqueda incesante de la superación y que sostendrán bajo cualquier condición su inquebrantable fe.

Hoy, que disfrutamos de sus actuaciones en los Juegos Panamericanos de Toronto, simplemente podemos decirles que son una maravilla. Gracias, por todo.

Edward Piñón

Autor: Edward Piñón

Periodista desde 1983. Comentarista de Fox Sports, FSRadio Uruguay y de A Fondo. Comentarista de Radio Cero 104.3 y ex editor de Deportes de El Observador y El País. Columnista de El Telescopio.