Martes, 18 de abril de 2017

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Tolerancia y sentido común

Debo reconocer que el término “Tolerancia” nunca me satisfizo plenamente. Si bien la segunda acepción que nos brinda el Diccionario de la Real Academia Española, se acerca a lo que razonablemente quisiéramos obtener del mismo (“Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes a las propias”), el uso habitual nos da más idea de “soportar al otro” que de “respetar al prójimo”.

Sin embargo, más allá del diccionario y de cuánto nos satisface o no la definición del concepto, debemos decir que la tolerancia, la inclusión, el respeto y la convivencia son factores fundamentales en el desarrollo de una sociedad.

A través de su historia, Uruguay fue ejemplo en la defensa de estos ideales y justo es decirlo marcó hitos en la custodia de ellos.

La frase tan mentada que se le atribuye a Voltaire No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”, que si bien aparentemente no le es propia pero representa el sentir de su pensamiento, ha sido sistemáticamente utilizada como paradigma del ansia de una sociedad por defender valores que se sintieron siempre directamente vinculados a los de democracia, libertad y republicanismo.

Nuestra sociedad alcanzó un nivel de integración social que ha sido por mucho tiempo orgullo nacional cimentado en su estructura construida a partir de diversas oleadas migratorias, en la solidez histórica de su escuela pública, en una distribución del ingreso más igualitaria que lo que habitualmente se advertía en la región y en acertadas políticas públicas.

En los últimos tiempos el clima de tolerancia y respeto parece haberse deteriorado notablemente.

Paradojicamente, cuando más pululan organizaciones destinadas a la defensa de diversos intereses de distintas minorías o sectores de la sociedad, más parece que capeara la intolerancia y el agravio.

Parece que la defensa de intereses que per se son incuestionables y merecedores de los mayores elogios, deja de lado en muchas oportunidades el más elemental sentido común, que por algo siempre se ha dicho es el menos común de los sentidos.

Aquellos que construyen organizaciones para defender valores irreprochables, tienden justamente a caer en actitudes que a la búsqueda de bregar por el éxito de objetivos superiores caen en la contradicción de avasallar valores que debieran estar directamente ligados a dichos objetivos.

Los ejemplos han comenzado a abundar alarmantemente.

El más notorio de ellos fue la verdadera “alarma pública” que se generó con el pizarrón del Coffee Shop de Pocitos.

Una desafortunada frase que seguramente no tenía más intención que aludir a un dicho de una película, generó un verdadero escarnio público hacia su autor y motivó la acción de organismos públicos cuyos cometidos específicos no son los de velar por la defensa de la tolerancia y la lucha contra la discriminación.

Pero la parodia no terminó allí. La jerarca de uno de esos organismos se vio violentamente atacada en las redes sociales por términos en algunos casos irreproducibles que nunca podrían ser justificados por sus errores o posiciones.

Rapidamente aparecieron los defensores de dicha jerarca que vincularon los ataques a una cuestión de género y reaccionaron a su vez con marcada virulencia.

El “sentido común” parece haber aprovechado el tradicional asueto de esta semana y haberse ido de vacaciones.

Si leemos las actas de la discusión parlamentaria sobre la cuota de género para la conformación de las listas al Parlamento, causa pavor algunas apreciaciones que se realizan para defender una causa que ya se sabía tendría asegurada su sanción, por ser compartida por la unanimidad de los legisladores.

A todo esto, la muerte de un caballo en la Criolla del Prado, generó la ira de las sociedades defensoras de los animales, que aprovecharon la oportunidad para denostar las actividades que tradicionalmente se realizan durante la tradicional Semana de Turismo con un celo que no se les ve aplicar para defender a los caballos que habitualmente sufren todo tipo de maltrato en las calles de nuestra capital.

Si se necesitaba algún ejemplo más del clima de intolerancia en el que vivimos, cabría también recordar los dichos de altos jerarcas de la Iglesia, que abocados a su legítima tarea proselitista, no han cesado de atacar los conceptos de laicidad y laicismo que el Estado uruguayo se ha dado en el último siglo y que también han sido factores esenciales  en la obtención del clima de tolerancia y respeto al que hacíamos referencia.

Los tiempos que corren son tiempos de redes sociales, de tecnología, de organizaciones estructuradas con objetivos específicos.

Lejos han quedado los tiempos de la convivencia en el barrio, de compartir el banco de la escuela pública, de la charla en la plaza.

El desafío que tenemos todos es que los pretendidos avances, no nos alejen de los valores que hace décadas veíamos como naturales y ahora parecen cada vez más lejanos.

Pecaríamos de simplistas si atribuyéramos a la cada vez más extendida utilización de las redes sociales la razón exclusiva del deterioro del relacionamiento, la convivencia y la tolerancia que alguna vez nos caracterizó.

Si bien es cierto que muchos aprovechan el anonimato que las redes le pueden brindar y otros simplemente se envalentonan al tener como único interlocutor un teclado o un celular, las causas siempre son más profundas.

Lo advertimos en comentarios lanzados con liviandad por quienes en algún momento podrían haber sido considerados miembros de las “élites” culturales de la sociedad. También lo vemos todos los días en la calle, en la cancha, en los improperios utilizados en el tránsito diario.

Seguramente una de las causas principales, cuándo no, es el deterioro educativo que se agrava cada vez más y que en forma totalmente irresponsable seguimos dejando profundizar.

Decía Mahatma Gandhi: “Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio”.

Eso es, en términos actuales, tratar de aplicar el mínimo sentido común al amparo de nuestros objetivos para que en las acciones que encaremos para preservarlos no caigamos en las contradicciones que mermen su verdadero sentido.

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).