Lunes, 3 de abril de 2017

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Trazar el futuro

En las últimas semanas se ha instalado un debate respecto de la utilidad del sistema de trazabilidad bovino, generando distintas opiniones entre diversos y destacados actores de la cadena de producción ganadera.

Luego de un proceso de más 17 años, desde los primeros estudios de las tendencias internacionales, exigencias de mercado, diversas crisis sanitarias y de la aplicación obligatoria de identificadores individuales en vacunos desde 2006, Uruguay cuenta con una experiencia de más de una década en trazabilidad individual de su rodeo.

Para los que no están en el sector, la trazabilidad bovina utilizada en el país significa identificar individualmente cada bovino, asociándolo a un propietario y a un predio rural, antes de los 6 meses de vida y/o previo a su primer movimiento. Esta es una herramienta fundamental del sistema nacional de Identificación Ganadera SNIG, en la que se asocia un determinado animal al tiempo, al espacio, permitiendo responder varias preguntas:

Dónde nació, con quién estuvo, cuando salió, a dónde fue, cual ha sido su alimentación, que tratamiento sanitario recibió, quién transportó y en qué carácter viajó, si hubo o no cambio de propiedad, etc.

Trazabilidad viene del francés trace que significa huella y como vimos, a partir de la identificación individual del bovino, debe permitir seguir su “rastro” y responder una serie de preguntas respecto de su origen, edad, condición sanitaria, alimentación, lugares en que estuvo, posibilitando asimismo saber con cuales otros bovinos convivió a lo largo de su vida productiva.

Para conocer el porqué de la aplicación de este sistema en Uruguay, debemos retrotraernos al origen y cuáles fueron las circunstancias que llevaron a adoptarlo y a adaptarlo a nuestra realidad.

La Unión Europea, antes Comunidad Económica Europea, desde su formación hace 60 años, ha sido un actor principal en la producción agropecuaria, generando fuertes apoyos a su sector primario, considerándolo estratégico y aplicando la doctrina de “seguridad alimentaria”, como consecuencia del trauma que significaron las tremendas hambrunas ocasionadas a millones de habitantes en su territorio, luego de dos conflictos bélicos de escala mundial.

A partir de los años 70, inicia un agresivo programa presupuestal de apoyos directos a la producción, lo que generó un fuerte incremento de la producción general del bloque, llevando a lo largo de algunas décadas a la acumulación de excedentes que se volcaban al mercado internacional, por medio de fuertes subsidios a la exportación, distorsionando el comercio agrícola mundial.

Resumiendo el proceso en pocas palabras, el productor europeo interpretó bien el mensaje político de producir lo máximo posible a efectos de incrementar sus ingresos, impulsado por la codicia propia del ser humano que no encontró límites a efectos de capturar una mayor parcela de subsidios del generoso presupuesto comunitario.

Es así que en todos los rubros agropecuarios se generaron fuertes distorsiones en el mercado debido a excedentes productivos altamente protegidos por una férrea política arancelaria.

En lo que nos ocupa, la producción de carne, veremos como asociamos estos subsidios con temas de credibilidad en el sistema que llevaron a crear el instrumento de la trazabilidad.

En Inglaterra, a mediados de la década de los 80, empezaron a aparecer bovinos con sintomatología similar vinculada al sistema nervioso, afectando la coordinación, la estabilidad del animal, generando un comportamiento agresivo, lo que llevo a bautizarlo “mal de la vaca loca”. El resultado invariable de los bovinos enfermos, era la muerte.

En estudios de laboratorio, los cerebros de animales afectados presentaban lesiones neuronales con características espumosas o esponjosas, recibiendo este mal el nombre de Encefalopatía Espongiforme Bovina (BSE en inglés).

La explicación generada a través del tiempo es que los ganaderos Británicos, en la búsqueda  de una mayor producción, utilizaron harinas de origen animal provenientes de deshechos ovinos, portadores de una enfermedad neurológica con marcada incidencia en esa zona (Scrapie) y de declaración no obligatoria a la autoridad sanitaria.

Por algún mecanismo que aún se estudia, se generó algo muy poco frecuente conocido como “salto de especie” en la que una enfermedad, afecta a otra especie, o sea, la encefalopatía del ovino pasó al vacuno alimentado con restos de tejidos contaminados como parte de su alimentación.

El patógeno es una proteína modificada con características infecciosas, ocasionando la muerte de células neuronales.

Este proceso llevó a la Unión Europea a prohibir la importación de ganado británico a partir de 1989 y, en 1994, también el uso generalizado de harinas de origen animal en la alimentación de rumiantes.

Hasta aquí era un tema serio de salud animal pero jamás se pudo imaginar la dimensión que este caso alcanzó en 1996, diez años después de los primeros estudios científicos que llevaron a identificar al prión, a la BSE y sus orígenes.

La aparición de diversos casos de encefalopatía humana, despertaba el alerta por el grado inusual de incidencia, rápidamente fue asociada a la ingesta de carne vacuna contaminada.

El mal de Creutzfeldt-Jacob, variable humana de la BSE, prendió todas las alarmas y dominó por meses los titulares de la prensa mundial, revelando como información macabra el deliberado ocultamiento de la información por parte de las autoridades británicas, generando una profunda ola de rechazo a los políticos, científicos, empresarios y productores, viendo caer sus ventas e más del 50%.

Pasaron más de tres años entre el primer diagnóstico y muerte de una persona consumidora de carne contaminada hasta el reconocimiento oficial de la causa.

Se tomaron medidas duras de limitación del comercio desde Inglaterra de animales, productos de ese origen y harinas de carne, pero fue una cuestión de tiempo hasta que nuevos casos de encefalopatía humana aparecieran en el continente, generando un escenario ideal para que los detractores presagiaran una pandemia de nivel incontrolable.

Estaba quebrada la confianza en el sistema político, la cadena y los consumidores.

Había que recuperar terreno, por lo que las autoridades determinaron, ante la gravedad de la situación, diversas normas que posibilitaran avanzar en los estudios epidemiológicos que permitieran dar seguimiento a los animales, identificar posibles individuos enfermos y retirarlos de la cadena de alimentación, previo a su procesamiento.

Se dispuso la obligatoriedad de las caravanas y un documento anexo denominado pasaporte bovino, generando un enorme aparato burocrático de gran complejidad y costo que, si lo colocamos en el momento crítico del mercado en crisis de demanda y derrumbe de precios, representó un duro peso a la cadena de la carne bovina, de por sí muy resentida por todo este episodio.

No fue fácil recuperar la confianza, los mercados se depreciaron y el Uruguay vio con asombro como bajaron las ventas y los precios al mercado principal de exportación de ese momento, a pesar de que nuestro sistema de producción era muy distinto al europeo, con una alimentación de los vacunos en base a pasturas y sin registro alguno de importación de harinas de origen animal de procedencia del viejo continente.

No pasó demasiado tiempo para que los golpeados productores de Europa presionaran a sus autoridades a que exigieran sistemas equivalentes a los impuestos internamente para aquellos países que quisieran exportar.

Surge una oportunidad para el Uruguay que encara este tema como política sanitaria de Estado. Ya teníamos el conocimiento y el ejercicio de la trazabilidad grupal por medio del sistema implantado por DICOSE a principios de los años 70 y debíamos dar el paso necesario para que la cadena agroindustrial de la carne, principal rubro exportable del país, pudiera liderar este proceso y asumir el liderazgo de la identificación individual, a efectos de contemplar las exigencias de nuestro principal mercado de destino.

El Uruguay es un pequeño país y por esto sin gran poder negociador, dependiente de los mercados externos para la colocación de su producción. Si bien somos grandes consumidores, nuestro mercado doméstico absorbe apenas un 30 % de la producción, aspecto que nos obliga a estar a la vanguardia de los requerimientos de los mercados más exigentes.

Nuestra principal arma es la credibilidad, el apego a las normas y acuerdo internacionales por lo que siempre debemos estar en la vanguardia en cuanto a cumplimiento.

Veamos la diferenciación con Brasil, afectado por los sistemas de corrupción investigados en la operación “Carne Fraca”, en la que inspectores oficiales de algunos frigoríficos permitían el uso de substancias prohibidas en la elaboración de productos. Un escándalo que poco duró frente a la reacción brasileña, su poder negociador y su capacidad de afrontar embargos externos con su inmenso mercado interno.

En la reciente realización del Congreso Mundial de la Carne, en Punta del Este, todos los expertos allí presentes hicieron un reconocimiento al Uruguay, primer país en el mundo con trazabilidad obligatoria en todo el rodeo vacuno, destacando la importancia que trae aparejado este sistema a efectos de diferenciar el producto, certificar sus atributos, agregar valor, generar confianza y credibilidad a los mercados.

Estamos frente a una realidad que proyecta una creciente demanda de proteínas de origen animal pero también plantea enormes desafíos en una era digital en la que las redes sociales elaboran y destruyen reputaciones con la misma velocidad de las comunicaciones.

No basta ya decir que nuestro producto es bueno, natural, saludable, inocuo, que no afecta el medio ambiente.

Hay que probarlo. Seguimos intentando recuperar la credibilidad como proveedores de productos sanos y cada crisis que surja agudizará esta irreversible realidad.

En esta época de consumidores más informados, exigentes en que los valores éticos, morales y ambientales se valoran de distinta manera, tenemos una enorme oportunidad de diferenciarnos frente a nuestros competidores que tendrán enormes dificultades para implantar un sistema similar al nuestro, siendo imposible en algún caso.

Lo cierto es que la percepción de quien critica al sistema en Uruguay, asistiéndole en parte razón, es que se ha tornado altamente costoso para la producción, muy burocrático y de baja percepción de los beneficios a la hora de acceder a los mercados, principalmente en tiempos de recesión mundial y precios deprimidos.

No obstante, ha sido una política agropecuaria de Estado exitosa, iniciada por el gobierno Jorge Batlle y que se mantuvo hasta el presente con cambios que deben ser percibidos como un beneficio por la cadena y no como una carga, o un mecanismo de control gubernamental, por lo que debemos resolver y realizar ajustes en la interna a efectos de hacer más práctico nuestro esquema de trazabilidad y poderlo usar como factor de cambio, innovación y adicionador de valor.

No hay campaña sanitaria exitosa, y así nació la trazabilidad como instrumento, si no cuenta con el respaldo de los actores, siendo fundamental el primer eslabón, el productor.

Tenemos una oportunidad, no la dejemos escapar.

Fernando Mattos

Autor: Fernando Mattos

Ingeniero Agrónomo egresado de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul- Brasil . Ex presidente de la Sociedad Criadores de Braford y Cebu del Uruguay. Ex miembro de ISEF International Stocksman Educational Foundation-Houston. Ex presidente de la Asociación Rural del Uruguay. Ex miembro de la Junta Directiva del INAC. Ex presidente de la Federación de Asociaciones Rurales del Mercosur. Ex Presidente de la Fundación Pro Cría Oriental de apoyo a pequeños productores. Productor rural en los departamentos de Tacuarembó y de Cerro Largo.