Jueves, 15 de marzo de 2018

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Un año sin Alejandro Atchugarry…

Recuerdo de Max Sapolinski en el homenaje realizado en el salón de los Pasos Perdidos en el día de ayer

“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. No por conocida y reiteradamente utilizada, la cita de Ortega y Gasset pierde vigencia.

Es francamente aplicable a la figura de nuestro homenajeado, Alejandro Atchugarry.

Porque su conducta y acciones han quedado indisolublemente ligadas a la mejor historia de nuestro país y a los duros momentos en que le tocó ser protagonista de primera línea. Por ello celebro el título que los organizadores han establecido para este evento: “El Uruguay de Atchugarry”. Lo mejor de nuestra esencia nacional queda caracterizado por su persona y su memoria.

Asimismo, agradezco al Comité Ejecutivo Nacional del Partido Colorado haber confiado en mí para poder transmitir mi modesto mensaje de recordación. Asumo que es atribuible al honor que el destino me deparó de haber mantenido con Alejandro una amistad de más de tres décadas y haber podido compartir con él diversas actividades.

Hace un año me tocó también rendirle homenaje en la Convención Nacional del Partido. Tal vez muchos conceptos que utilicé en dicha oportunidad los reitere en el día de hoy, pero debo confesarles que la misma emoción que sentía por esos momentos me sigue acompañando.

Diría más: el devenir de los sucesos de todos los días, nuestra compleja actualidad y el sentimiento, que en estos tiempos de redes sociales reiteradamente advierto, por parte de toda la ciudadanía, buscando en la memoria de las actitudes de Alejandro, los ejemplos que permitan encaminarnos por la senda que redunde en beneficio de toda la sociedad, hacen cada vez más vigente el recuerdo que todos le profesamos.

Me siento también obligado a pedir disculpas a su memoria. Me imagino –y creo que todos compartirán conmigo – que por su manera de ser no hubiera aceptado que le realicemos este homenaje, y mucho menos en este ámbito tan cargado de solemnidad e historia. Pero la justicia del mismo y su recuerdo que ya no es sólo patrimonio de su familia y amigos sino de la sociedad entera seguramente nos redime de toda culpa.

Alejandro Atchugarry fue para todo aquel que lo conoció, el hombre afable, conciliador, experiente, dialoguista por esencia, sensible a las necesidades del prójimo.

Imposible no haberlo querido.

Hace un año, en ocasión del homenaje en la Convención, recordaba que el 23 de agosto de 2003, un par de días después que dejara el Ministerio de Economía, luego de una gestión que no es necesaria describir, por ser conocida por todos, la BBC de Londres, nada menos, en su página en español escribía una columna de la cual quiero volver a compartir un pequeño extracto:

Ser ministro de Economía no es tarea fácil, mucho menos cuando el país está en crisis. Ser ministro de Economía y ser respetado, es aún más difícil. La mayoría son abucheados y criticados, pero por suerte, siempre existe una excepción a la regla.

Esta vez, la excepción se da en una de las economías más pequeñas de Latinoamérica, en Uruguay. Pero lo más interesante es que el ministro no es economista de profesión, sino abogado. No estudió los clásicos libros de economía. Simplemente aprendió a escuchar las necesidades de su gente y a negociar, y con su fórmula logró lo que muchos no han podido lograr en años.

Así es el perfil de Alejandro Atchugarry, quien fuera hasta hace poco el ministro de Economía de Uruguay. Un ministro que, aunque le parezca increíble, fue querido por la gente, sin importar bandos políticos, raza o religión. Un ministro que supo conciliar la izquierda con la derecha; una tarea dificilísima, bien lo saben los venezolanos por experiencia propia, y más que nadie, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva.

Escuchando la opinión de todos y sin subestimar a nadie, este ministro supo poner al menos en camino, la economía de un país que atraviesa por la peor crisis económica de su historia. Algo que muchos economistas graduados de instituciones de renombre internacional no han podido lograr. Y que quede en claro que no estamos hablando de otros que no sean los ministros y asesores que gobiernan nuestros países.

Pero como todo lo bueno, pronto se termina. Atchugarry, el ministro querido por todos, renunció.

Aquellos momentos dramáticos por los que pasamos puso la figura de Alejandro en la palestra pública.

Como decía el filósofo Séneca: “Sólo en la fortuna adversa se hallan las grandes lecciones del heroísmo”. Y vaya si este axioma se cumplió en los duros momentos de 2002 y 2003.

Se constituyó en el profeta de la esperanza para toda la población. Pasó a constituirse en el padre, el hermano, el hijo que todo uruguayo deseaba tener.

Probablemente, pocas figuras de la historia nacional se hayan hecho acreedoras a ser reconocidas como un verdadero héroe cívico como en este caso. Tal vez nos debamos remontar al desprendimiento heroico de Joaquín Suárez o al martirologio de Baltasar Brum para empardar actitudes.

Pero la peripecia vital y su aporte al bienestar de la sociedad no empieza en su gestión frente al Ministerio de Economía.

Siendo muy joven, ingresó a la política a la búsqueda de dar lucha por las libertades conculcadas: una vez más “el hombre y sus circunstancias”.

Por esos tiempos lideró la conformación de un incipiente movimiento batllista universitario, que tuvo destacada actuación en los primeros años de la década de los 80.

El retorno a la democracia, lo encontró con apenas 32 años como Subsecretario del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, formando parte del extraordinario equipo que se conformó bajo la égida de Jorge Sanguinetti, quien también nos dejó hace poco más de un año.

Estudioso incansable, era capaz de ganarle las discusiones a los más mentados ingenieros. Desde ese cargo, y es bueno recordarlo en estos tiempos que corren y con las últimas experiencias vividas, desplegó un estricto control sobre la gestión de las empresas públicas que se vinculaban con el Ministerio. Para eso confió en un grupo de entusiastas jóvenes que no llegaban, por entonces, a los 30 años de edad y lo reconocían por su liderazgo basado en el trabajo y la convicción.

Allí tuvo activa participación en el inicio de la reforma portuaria que terminó alcanzándose en la década del 90, en las medidas que se debieron afrontar para parar la sangría que AFE le generaba al Estado y en la preparación de las condiciones para el establecimiento de la terminal de ómnibus de Tres Cruces, terminando su gestión ocupando la titularidad del Ministerio.

Fueron aquellos también, los años en que participó a instancias de Jorge Batlle en la profundización del análisis de las simientes del Batllismo y la influencia que las ideas krausistas habían tenido sobre éste.

A partir de 1990 pasó a ocupar una banca en la Cámara de Representantes y posteriormente en el Senado de la República. Su gestión lo llevó a convertirse en uno de los más reconocidos parlamentarios desde el retorno a la democracia. Trabajador y estudioso pertinaz, manejaba a la perfección los secretos de las comisiones parlamentarias y era un maestro en la negociación.

Pero Alejandro Atchugarry no fue sólo todo esto, lo cual ya hubiera sido bastante meritorio de por sí.

Fue un hijo, esposo, padre, hermano ejemplar. Un amigo entrañable. Siempre preocupado por todos y por todo.

La vida se ensañó con él, hasta que lo terminó abandonando. Uno tras otro se fueron interponiendo en su camino diversos contratiempos. Desde aquel quebranto de salud hace 29 años de similares características al sufrido hace un año, pasando por la pérdida de Adriana y demás adversidades conocidas. De todas las dificultades se sobreponía con su mirada cálida y su sonrisa paternal.

Uno se pregunta qué es lo que generó en vida tal empatía entre su persona y el país todo.

E incluso más: ahora que ya no lo tenemos entre nosotros, como su recuerdo sigue generando el reconocimiento y el afecto unánime de toda la población. Algo que difícilmente puede ser equiparado por cualquier otro actor político.

Presenciamos hace poco días como en un programa de entretenimientos, a instancias de la gente, su nombre se integró en un lugar privilegiado a la nómina de uruguayos más destacados en la historia de la política nacional.

Intento contestar a esta interrogante:

Existen algunas personas, pocas ellas, y por eso escriben páginas en la historia de los pueblos, que entienden a la gente y se hacen entender por ella.

Que ponen en la prioridad de sus desvelos, el bien público.

Que cristalizan esas prioridades en acciones.

Una de ellas fue Alejandro.

Sea legislando para generalizar las asignaciones familiares para las madres que se quedaban sin trabajo, sea creando programas de emergencia que generen puestos laborales cuando la crisis nos pegaba, sea preocupándose por la contratación de limpiadoras para los centros de enseñanza.

A todo eso debemos sumarle una vida transparente, caracterizada por el republicanismo más puro.  Por la austeridad real, la que se lleva adelante por convicción, la que escapaba de toda maniobra mediática.

La que si alguien se la hacía notar, generaba que su rostro se sonrojara.

La que se reflejaba en los acontecimientos de la gran gestión, la conocida por todos, y también en los de su vida diaria. La de los pequeños detalles que son ignorados por el gran público.

Y los ejemplos abundan.

Legendario pasó a ser su Fiat Elba con centenares de miles de kilómetros encima.

Y si me permiten, recuerdo una vez más alguno de esos hechos que sólo algunos tuvimos el privilegio de presenciar. Hoy que no está ya para reprenderme por contar esas anécdotas del diario vivir, gestos que lo describen de cuerpo entero, como cuando recibió finalmente, tras varios días de negativas, de manos del Director del Ministerio el pago por los gastos que había incurrido en un viaje relámpago de un fin de semana a la Asamblea del BID, con la expresa orden de donarlo a la guardería del Ministerio en el más estricto de los secretos.

Ese era Alejandro Atchugarry y esas sus acciones y sus convicciones.

Alejandro ya no está entre nosotros. Se nos fue prematuramente.

Ya no podemos ver por las calles de Montevideo su esmirriada figura conduciendo su destartalado vehículo.

Ya no podemos contar con su consejo sabio.

Hace un año que ya no recibimos su llamada siempre cálida preocupado por los aconteceres partidarios y ansioso por comentar algún acontecimiento del quehacer nacional.

Porque bueno es decirlo hoy también, su preocupación por el curso de la coyuntura nacional y su adhesión al Partido Colorado no tenía mella. Me consta claramente.

De aquí en más, nos quedará su recuerdo, su obra y el orgullo de haberlo tenido entre nosotros.

Y nos quedarán también sus enseñanzas.

Las esenciales y notorias.

El concepto de hacer política con el objetivo de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

El anteponer la idea de la libertad como bien supremo a ser resguardado.

El transcurrir la vida y en particular el servicio público en el umbral más pleno de austeridad republicana.

Permítaseme, también, expresar mi convencimiento sobre una lección que dejó Alejandro a todo el sistema.

Muchas veces el quehacer político se vuelve particularmente ingrato e injusto para alguno de sus protagonistas.

Pasa que determinados intereses o miradas erróneas cercenan la posibilidad de contar con el servicio de los mejores, aunque no sea en la posición que algunos quisieran, pero por lo menos en la que éstos estuvieran dispuestos y en la que se destacaron.

En general, esos intentos se prolongan en los habituales escarceos de búsqueda de posiciones que la actividad política muchas veces nos depara.

Pero en algunos casos, surgen seres superiores, los que no están dispuestos a competir en la carrera de los honores, los que como única ambición procuran la búsqueda del bienestar general, los que tienen como rumbo el desprendimiento y la austeridad.

Esos, ante lo ingrato de algunos aspectos de la política, deciden irse para su casa y volcar sus esfuerzos en el seno de su familia y caracterizados por su clásica tozudez no volver.

Y el sistema se priva de tener su invalorable aporte.

También dejó Alejandro profundas lecciones para la sociedad toda. Y la sociedad, con la profunda inteligencia que a la larga se impone, la reconoce.

Cuando el mundo, la región y nuestro país se ven aquejados por el terrible fantasma de la corrupción y la falta de transparencia, el ejemplo que nos dejó Atchugarry, cimentado en las más puras convicciones republicanas pasa a constituirse en un mojón invalorable en el patrimonio nacional.

Estimados amigos, como le expresé en algún momento a sus hijos, al principio tan prematura pérdida duele profundamente. Cuando el inexorable paso del tiempo comienza a cicatrizar las heridas, queda el orgullo de haberlo tenido y haber disfrutado de su inconmensurable aporte y enseñanzas. Y esto va tanto para su familia, sus amigos como para el Uruguay entero.

A un costado del escritorio donde “El Flaco” diariamente desarrollaba sus tareas, un busto de Domingo Arena lo contemplaba como si viera a un discípulo del cual estaba orgulloso.

Es que aquel vasco tozudo, descendiente de anarquistas y socialistas, que risueñamente se definía como anarco-liberal, que abrazó con fervor y convicción los ideales de justicia social del batllismo logró sin estridencias, ni ambiciones, sin siquiera quererlo, el ideal que todo político anhela: ingresar por la puerta grande de la historia, trabajando en beneficio de la sociedad y ser reconocido por ello unanimente.

Si este fuera un acto proselitista y debiéramos terminar con los habituales “vivas” procurando la adhesión del público, creo que lo correcto sería expresar: “Viva la transparencia”, “Viva la honradez”, “Viva el honor”, “Viva el servicio público”, “Viva la República” y “Viva Alejandro Atchugarry, fiel representante de todas ellas”

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).