Martes, 1 de septiembre de 2015

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Un nuevo racismo en Argentina

Desde la marginalidad de la política se pueden introducir ideas en el debate político. Al principio, son difundidas en la periferia, entre aquellos que están lejos de ser los grandes referentes de los partidos políticos y el mundo académico. Pero con persistencia, pueden ir ganando terreno y naturalizándose, ganando más y más adeptos, hasta que esas ideas llegan a formar parte de la discusión habitual, y ya no hay tiempo para detenerlas. Es lo que ocurrió en Europa con el antisemitismo racista, que fue tomando forma primero en Francia durante el siglo XIX, hasta consagrarse como régimen totalitario en la Alemania de los años treinta.

El racismo sigue estando presente, no sólo como actitud de discriminación y odio en muchas personas, sino que también ha tenido mutaciones que le permiten sobrevivir de nuevos modos en la política. Vemos con tristeza cómo en Europa y Estados Unidos, en donde hay democracias maduras, el discurso racista y xenófobo gana terreno, a pesar de todas las evidencias científicas de las falacias en las que se funda esta corriente, así como sabemos las consecuencias gravísimas que han tenido para la humanidad.

Dando sus primeros pasos, podemos hallar este discurso en algunos sectores políticos argentinos.

Norberto Ceresole, un autor antisemita que negaba la Shoá y que estuvo vinculado a los sectores del nacionalismo argentino, comenzó a promover este discurso en los años noventa. Para él, que venía desde una izquierda un tanto confusa mezclada con peronismo, no hay “conciencia de clase”, sino “conciencia de raza”. En su libro “La falsificación de la realidad”, afirmó que “La naturaleza racial de las personas y, por lo tanto, de los pueblos, es lo único eterno, intransferible e inmodificable que existe en la historia. Es esa naturaleza la que crea culturas y economías específicas, y religiones en conflicto”.

En su enrevesada concepción de la lucha de razas, en el continente americano y particularmente en Argentina se libra una guerra entre la población de raíces aborígenes, con aquellos que son inmigrantes de origen europeo, blancos, que a su vez están dominados por una minoría judía que moldea sus mentes, ciencia y filosofía política. Así, arriba a la conclusión de que la expresión política por excelencia del elemento aborigen es el peronismo, con lo que el antiperonismo –en todos sus matices- es de raíz blanca europea y judaizada.

Muy probablemente el lector se encuentre por primera vez con Norberto Ceresole, resultándole un perfecto desconocido. Es lo que ocurre en Argentina, donde muy pocos han oído hablar sobre él. Pero en Venezuela, sí, es sumamente conocido, ya que fue asesor de Hugo Chávez en los inicios de su carrera política.

De algún modo, directo o indirecto, referentes políticos argentinos que se identifican con el chavismo están tomando consignas planteadas por Ceresole. Luís D’Elía, expresión del chavismo y de las simpatías con el régimen teocrático iraní en Argentina, es uno de los promotores de este discurso. Recordemos cuando en una entrevista radial con el periodista Fernando Peña, afirmó “Odio a la puta oligarquía, odio a los blancos”. Milagro Sala, dirigente del movimiento Tupac Amaru en la Provincia de Jujuy, una agrupación con características fascistas que recurre a la violencia contra sus rivales, se defiende diciendo que se la cuestiona por ser kolla.

En días recientes, el popular futbolista Carlos Tévez hizo comentarios sobre la inocultable pobreza en la Provincia de Formosa. El kirchnerismo, una máquina de triturar toda expresión crítica, se lanzó con furia contra el deportista. Jorge Manuel Santander, funcionario de esa provincia, salió a insultarlo: “villerito europeizado”. Luego se sumó el gobernador Gildo Insfrán, sosteniendo que “(…) mucha gente de la Capital Federal quiere ser europea, mientras que nosotros queremos ser formoseños, argentinos y latinoamericanos”.

Se va introduciendo un elemento que perturba los cimientos de una sociedad democrática y pluralista, un discurso cargado de odio que debe ser rechazado enérgicamente. Argentina es un país heterogéneo: tierra de mestizajes y fusiones de aborígenes, europeos, latinoamericanos, africanos, asiáticos. Y esto es bueno, tremendamente positivo y auspicioso. Ningún racismo es aceptable: todos los humanos somos una misma familia genética, no hay pueblos superiores ni inferiores, y no hay nada en nuestro ADN que nos obligue a actuar de tal o cual manera.

Las ideas movilizan al mundo, las buenas y también las malas. Ante las falacias de este racismo de nuevo cuño, es preciso defender con valentía y entusiasmo las buenas ideas de la libertad, el constitucionalismo y la democracia.

Ricardo López Göttig

Autor: Ricardo López Göttig

Profesor y Doctor en Historia, Doctorando en Ciencia Política. Profesor en la Universidad ORT Uruguay y Profesor Titular en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires). Consejero académico de CADAL.

  • esteban

    Como bien recuerda Jorge Mayer en su libro “Alberdi y su tiempo” el Virreinato del Río de la Plata fue una compleja mixtura de razas. Alberdi sabía eso y por eso quería transformar a Argentina en una nueva California, abierta al mundo. Enumera: italianos: Alberti, Paso, Castelli, Belgrano; vascos: Larrea, Gurruchaga, Arredondo, Azcuénaga, Sarratea, Gorriti. Ingleses e irlandeses: Miller, O´Higgins, Mackenna, O´Reilly, Ramsay, Brown…Franceses: Matheu, Paroisien, Beltrán, Viamont, Pueyrredon, Azopardo, Cramer. Alemanes: Rauch, Holmberg, Widt. Holandeses: Wert Von Noort. Portugueses: Rocha, Azevedo, Pereira…en su mayoría sospechados de “ponerse el sábado camisa limpia”. Moros y judíos, etc. La supuesta “hispanidad” de Argentina es otro de los mitos nacionalistas.