Viernes, 9 de septiembre de 2016

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Uruguay esta doliendo

Parafraseando a Hamlet, “algo huele mal en Uruguay”.

En nuestra historia como Estado independiente, nos acostumbramos a que cada tantos años tenemos un revolcón de la economía. Con mayor o menor eficiencia siempre fuimos saliendo de los períodos de desgaste. Los ciclos económicos son implacables y a ellos nos fuimos acostumbrando.

Sin embargo, Uruguay supo mantener en alto, más allá de algunos períodos puntuales como por ejemplo las crisis institucionales, una serie de valores que nos distinguían en particular en la región.

El grado de convivencia, el nivel educativo, el apego a los valores democráticos, eran algunos de los signos que nos identificaban y nos enorgullecían.

Valores todos ellos, que cimentados básicamente en el extraordinario proceso reformista que el batllismo llevó adelante al inicio del siglo XX, eran parte intrínseca de la epidermis del uruguayo medio.

La realidad es hoy muy distinta a lo que caracterizó al Uruguay. Períodos señeros de nuestra historia, como el desarrollo de las primeras décadas del siglo pasado, el “Uruguay del optimismo” de mediados de siglo e incluso el entusiasmo lleno de esperanza de la apertura democrática de la década del 80 quedaron atrás.

Mucho hemos hablado de la degradación del sistema educativo. Las pruebas internacionales  nos demuestran cada día el dramático proceso en el que estamos insertos.

Si a la convivencia nos referimos, la situación no es en absoluto mejor. Ciudadanos honestos encerrados en sus casas por temor a la inseguridad, barrios que se han convertido en verdaderas “zonas rojas” a las cuales los servicios habituales se niegan a penetrar son algunas de las demostraciones de nuestra impotencia.

Por si todo esto fuera poco, en los últimos días se dio a conocer los resultados del Informe Latinobarómetro 2016. De él surge que en Uruguay, el apoyo a la democracia cayó 8 puntos porcentuales en un año, la satisfacción con su funcionamiento pasó de 82% a 51% en tres años y el 71% pide “mano dura”. Ignacio Zuasnabar dio una explicación lapidaria a estos resultados adjudicándolos al deterioro en la educación, agregando, “el sistema educativo es un profundo transmisor de valores democráticos”.

Existen otros aspectos preocupantes que violentan la tradicional idiosincrasia del uruguayo. Un ejemplo de ellos es el constante intento de violación a uno de los valores esenciales que supo desarrollar el Uruguay, la laicidad.

En el plano religioso, ha sido notorio: participación de militares convocados por mecanismos institucionales en una misa, insistencia en la instalación de símbolos religiosos en la vía pública, recorrida de autoridades religiosas por centros de enseñanza.

También en el plano político se han notado los intentos de violación a la laicidad: propuesta de leer proclamas sindicales en las aulas, utilización de la visita a una escuela por parte del Presidente de la República para contestar planteos de la oposición son algunos ejemplos.

No estamos nada bien.

Creo que muchas pueden ser las causas de todos estos factores, que están transformando a la sociedad uruguaya para mal.

Una de esas múltiples causas, va directamente relacionada a un problema de liderazgo.

Se  necesitan autoridades que estén consustanciadas con la vigencia de los principios que marcaron nuestra identidad.

Lo advertimos en la anterior administración. Si desde los estratos del poder, envuelto en un formato de austeridad muchas veces sobreactuado, se recibe constantemente mensajes de exabruptos, de cuestionamiento al valor del trabajo, de buscar emparejar hacia abajo desmotivando el deseo de progresar, de que el insulto soez y público es válido, es totalmente comprensible que la sociedad encauce su andar por el peor camino.

Si en algo se caracterizó el Uruguay que añoramos fue en que la igualdad entre sus habitantes se obtendrá por el esfuerzo de cada uno de ellos, con un Estado preocupado de brindar las oportunidades necesarias y protegiendo al más débil para poder acceder a ellas. Es decir, emparejar hacia arriba. Así lo resume la Constitución de la República en su artículo 8: “Todas las personas  son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes”.

Hoy en día el criterio reinante es la búsqueda de la igualdad rasa, emparejando hacia abajo. Escuchamos con estupor la propuesta de permitir a todos los educandos compartir el privilegio de ser abanderados. Bajo esta propuesta, que podría ser considerada como inocente, aparece toda una concepción de vida: no incentivemos el desarrollo y la búsqueda de la excelencia de los educandos haciendo que el inicio de su vida ya se vea enmarcado en un estado de indiferencia y apatía.

La situación se está transformando en dramática. Uruguay nos está doliendo. Es hora de que todas aquellas organizaciones e individuos que no son indiferentes a esta realidad se conjunten en procurar de salir de este espiral de degradación. Es hora también, que se hagan sentir los liderazgos positivos, los que estén preocupados por el bienestar de la sociedad y no por sus propias aspiraciones.

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).